Uno de los fenómenos más sorprendentes de la pintura es la aparición de Francisco de Goya y Lucientes, natural de la localidad zaragozana de Fuendetodos (1746-1828).
Tras una etapa en Italia, donde aprendió la técnica del fresco, en 1775 se traslada a Madrid. Se casa en dicha localidad con Josefa Bayeu, hermana de Francisco y Ramón Bayeu, siendo Francisco, en aquel momento pintor de Cámara. Es así como Goya accede a los talleres reales.
Comenzó a pintar cartones para tapices, que se utilizarían para decorar las majestuosas salas de los palacios de Madrid, El Escorial y La Granja. Revolucionó el sistema en poco tiempo; de aprendiz pasó a gran maestro. De esta etapa destacaríamos: “El cacharrero”, “Las cuatro estaciones” (entre los que resalta “La vendimia”), “La gallina ciega”, “El quitasol”, etc. Se trata de una etapa de un Goya apacible y risueño, pintando con aires amables, algo rococó.
Hablamos de una etapa neoclásica, empleando procedimientos de composición a base de ordenación geométrica regular, agrupándose las figuras en triángulos regulares, cuadrados, rectángulos, rombos, pirámides, etc.
Todo este éxito le acercó a Palacio, ganándose la simpatía de Carlos III. Por efecto dominó y con una gracia natural al hablar, logró introducirse en la aristocracia madrileña. Retrata a la duquesa de Osuna y las imágenes de una Venus (“Maja desnuda” y “Maja vestida”) a petición de la duquesa de Alba, su gran amor.
En estas pinturas destaca la gracia exquisita y profunda verdad de los personajes. La expresión psicológica es lo que más le preocupaba.
Carlos IV le nombra pintor de Cámara, realizando un majestuoso retrato colectivo: “La familia de Carlos IV”, lienzo donde Goya busca la esencialidad de cada personaje; una galería de almas, utilizando la materia muy enriquecida; diríase que cualquier detalle o fragmento es una joya. Para distinguir a los personajes, crea líneas paralelas oblicuas.
A partir de 1793 Goya comienza una serie de crisis. En la primera, Goya enferma de gravedad, luchando entre la vida y la muerte, llegando a quedarse sordo. No llega a encajar el golpe. Comienza su malhumor, tornándose desconfiado.
Cambia su aire artístico recabando en el grabado. Destaca la serie titulada “Los caprichos”, con mucha ironía Goya sueña y lo demuestra en la obra “El sueño de la razón produce monstruos”. Aborda temas de brujería; censura, lascivia, etc.
En el momento de gran madurez, continúa abordando el retrato de personajes famosos:
“Duquesa de Alba” , “Condesa de Chinchón” , “Iriarte” , “Moratín” , “Jovellanos” , etc.
La segunda crisis de Goya le pilla en el apogeo de su actividad artística. El motivo es la invasión de las tropas napoleónicas en 1808. De aquella guerra lo que impresionó a Goya fueron los horrores (Violaciones, fusilamientos, robos, sacrilegios, etc.). Goya pinta la guerra como cúmulo de tragedias, muy pesimista, dibujando la colección los “Desastres de la Guerra”.
Pasado el conflicto, en 1814 pintó Goya dos cuadros monumentales: “El Dos de Mayo” y los “Fusilamientos”.
Los “Fusilamientos” constituyen toda una obra simbólica. De un lado los franceses, opresores, actúan de forma arrolladora. El grupo de patriotas encarna la inocencia. Como una bandera desplegada, blanca y amarilla, se encuentra el patriota protestando, abriendo sus brazos como un crucificado que espera recibir su muerte.
En estas dos obras, Goya busca la libertad compositiva, aunque se descubran algunas líneas rectoras.
Su pincelada se va haciendo más sintética y expresiva, con brochazos de enorme efecto. Un gran dramatismo se percibe en sus obras como en la “Última comunión de San José de Calasanz”, donde expresa de modo más sincero la humildad y recogimiento del alma ante el favor divino. De esta época también destacaríamos la obra “Majas del Balcón”; aquí Goya derrama el donaire femenino.
A partir de 1815, acomete Goya obras que inmortaliza la fiesta de toros, demostrando su españolismo castizo, en una serie de grabados (La Tauromaquia). Retrata a los más famoso diestros de la época, e incluso relata la horrible muerte de Pepe-Hillo en la plaza.
Comienza a dominarle lo macabro, prueba de ello son las pinturas al óleo del ciclo “pinturas negras” destinadas a las paredes de la “Quinta del Sordo”, su morada. Se trata de siete composiciones, con pinceladas largas y gruesas con un terrible expresionismo. Construye imágenes de pesadilla: brujas, hechiceras, viejas y desdentadas, la fealdad hecha arte. La composición del Aquelarre es la más impresionante del ciclo: reunión de brujas, presidida por el diablo bajo la forma de macho cabrío, todo lleno de terror supersticioso y oscuros pensamientos. Estaba en una ruptura con el pasado.
En la siguiente serie de grabados, los “Disparates”, recurre Goya a lo monstruoso y deforme, creando seres embrionarios, convirtiéndose en el estandarte del superrealismo.
Abandonado y hastiado de sus viejos amigos, Goya se traslada a Francia, a Burdeos. Allí aprende el arte de la litografía.
Es en esta época, su última, cuando Goya acomete una obra, desde mi punto de vista ejemplar: “La lechera de Burdeos”. En esta obra Goya introduce la pintura “moderna”, con pincelada suelta y vibrante, preparando el camino del impresionismo.
Siempre reconoció Goya que sus grandes maestros fueron Velázquez, Rembrandt y la Naturaleza.
De Velázquez aprendió el amor para el retrato psicológico.
De Rembrandt la profunda espiritualidad y la técnica pastosa.
De la Naturaleza los paisajes que pintara para los cartones que se utilizaron para los tapices.
Su amor a la verdad le hizo pintar tanto lo más bello como lo más feo, terrible y monstruoso.
Prerromántico, realista, impresionista, expresionista, surrealista…, la influencia de Goya se ha dejado sentir en toda la evolución de la pintura posterior a él.