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2 de mayo de 2016

Mis recuerdos

Miré aquel póster de la pared, era un paisaje, una foto de un lugar idílico, donde predominaba el verde de los árboles que bordeaban la ribera de un río donde el agua corría cristalina. No lo pude evitar y mi mente voló al lugar donde transcurrió mi infancia y mi primera juventud, era un lugar parecido, también había un río donde la chavalería nos refrescábamos en verano.
Fue allí donde la conocí, fue la primera que ocupó mi corazón y con la que aprendí a amar y a ser amado. Éramos unos críos, casi inocentes y por eso nuestro sentimiento era puro, sin límites ni concesiones. Mi mente viajó en el tiempo y cerrando los ojos, recordé tu cara, tus ojos claros, tu pelo largo y dorado… es curioso lo de la memoria, te recuerdo perfectamente,  pero no soy capaz de recordar tu nombre, sin embargo recuerdo cada centímetro de tu piel, esa piel de tez clara y tersa que recorrí con mis dedos ese verano.
Recuerdo tu sabor dulce, tus pechos pequeños y redondeados que, desafiando a la ley de la gravedad terminaban en unos pezones rosados de tacto suave, de tamaño pequeño y que respondían a los estímulos de mis manos y mi lengua, entonces se endurecían y parecía que tomaran una actitud desafiante.
Ahora recuerdo aquella tarde en la que por primera vez mis manos recorrieron tu cuerpo, fueron bajando poco a poco hasta tus caderas, de curvas suaves, lentamente te despojé de toda la ropa y pude ver tu pubis, casi infantil, con un bello rubio claro que dejaba ver la sonrosada vulva carnosa y entreabierta. Mis manos jugaron con tu clítoris mientras nos fundimos en un apasionado beso.
Te abriste como los pétalos de una flor, y enseguida sentí la humedad de tu sexo, oí tus jadeos y gemidos, vi tu cara angelical, tus ojos cerrados y de las caricias, pasaste a que tus uñas se clavaran en mi espalda. Lejos de dolerme, la verdad, es que lo que sentí fue la mayor erección que recuerdo haber tenido, mi miembro apenas era capaz de contener la sangre dentro de las venas y la dureza y rigidez que alcanzó eran las propias de mi desbocado deseo y de mi juventud.
Quizás fuera la gran rigidez de mi miembro o lo extremadamente húmedo de tu sexo, lo que hizo que, a pesar de nuestra inexperiencia ya que era la primera vez para los dos, la penetración fuera bastante fácil, tan solo ese primer freno de tu himen, pero inmediatamente después tu sexo devoró y absorbió con avidez la totalidad de mi pene.
Entramos en un frenesí de movimientos que empezaban con una cadencia lenta, cimbreando despacio, muy despacio, las caderas y aumentábamos la velocidad poco a poco hasta llegar casi a la agresión, para volver a bajar el ritmo y volver a empezar de nuevo. Así hasta que se produjo aquella explosión de sensaciones…

El ruido metálico del cerrojo de mi celda al abrirse, me sacó de mis recuerdos y la voz del alcaide, definitivamente me hizo regresar a la realidad:

- Es la hora, no ha llamado el Gobernador para el indulto, la sentencia se tiene que cumplir. Lo siento.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 22 de Junio de 2014.

18 de junio de 2014

Soy fan de ti (3)

Lo peor de mi entera dedicación por la Literatura, fue que mi rendimiento en las demás asignaturas bajó drásticamente, tanto que citaron a mis padres para informarles de la preocupación generalizada por parte del resto de mis profesores, ya que si aquella situación se seguía repitiendo en el tiempo, me podría llevar a repetir curso.
Lógicamente me llevé una dura reprimenda por parte de mis padres, los cuales no me desanimaron a dejar de escribir, ya que pensaban que era algo muy positivo y además en el colegio les habían comentado que tenía un don natural para ello, pero si me alentaron para que lo hiciera en mi tiempo libre.
Me organicé mi tiempo para subir mi rendimiento en el resto de las materias, aunque le seguía dedicando un gran número de horas a leer y escribir.
El curso estaba pasando más rápido de lo que estaba acostumbrado y a cada día que pasaba la necesidad de contarte mis sentimientos hacía ti aumentaba más y más.
Se acercaba Junio y el comienzo de las vacaciones de Verano, cuando decidí escribirte una carta, ya que no era capaz de decírtelo en persona, además las palabras surgían con más fluidez desde mi bolígrafo que desde mi boca.
Había pasado una semana y la estaba acabando en clase, ya la tenía casi terminada, lista para entregártela, cuando un chico me la quitó de entre mis dedos y se puso a correr por entre los pupitres, con la intención de leerla en clase. En ese momento, toda la rabia acumulada tras años de burlas y mofas se concentró en él, y yo que nunca había hecho ni dicho nada por defenderme, me abalancé sobre él con irrefrenable ira. Con el impulso lo empujé y cayó al suelo, yo me tiré tras él y nos pegamos durante unos minutos, justamente hasta que apareciste para terminar la pelea.
Una lágrima caía suavemente por mi mejilla, me había destrozado la rodilla, pero no caía por eso, no por el dolor físico, eso qué más daba, surgía de un dolor más profundo, aquel que me causó ver mi carta ilegible, rota, hecha mil pedazos.
Entonces me cogiste de la mano, sí, de la mano, no me lo podía creer, no lo podría explicar, pero en ese preciso momento toda la rabia y la pena que sentía se transformó en felicidad.
Me llevaste junto al botiquín para curarme la rodilla. Me dijiste que no me preocupara, que sabías que yo no tenía la culpa, que era un buen chico.
Ahora sí que lo tenía claro, más que antes si cabe, volvería a escribir la carta esta noche para poder dártela a la salida del colegio. Tenía que escribirla de madrugada, ya que no me quería arriesgar de nuevo a tenerla en clase sin llevarla metida en el sobre. 
Me llevo poco tiempo o puede que simplemente menos de lo que esperaba, ya que tenía grabado en mi mente cada párrafo, cada palabra.
No pude dormir mucho aquella noche, de hecho, puede que no cayera ni por un instante en las redes de Morfeo.
A la mañana siguiente yo no tenía clase contigo y las horas pasaban lentamente. Puede que mirara el reloj una y cien veces hasta que sonó la campana, aquel ruido que indicaba que nos podíamos marchar a casa.
En ese preciso momento, el corazón se me aceleró como nunca lo había hecho antes. Mis constantes siguieron iguales hasta la puerta del colegio y aumentaron más si cabe cuando te vi salir.
Había llegado el momento, te tenía a poco más de 10 metros, me dirigía lentamente hacia ti, cuando creo que mi corazón se congeló y dejó de latir.
 Un chico estaba también andando hacia ti y tu al verlo corriste a sus brazos para luego fundirte con él en un largo beso.
Yo me quede desolado, abatido, observando afligido como te alejabas lentamente con él,  con tu mano agarrada en la suya, aquella dulce y delicada mano que el día anterior se había juntado con la mía.
Me fui corriendo a mi casa y me encerré en mi cuarto, allí lloré durante horas y por segundo día consecutivo la carta que te escribí quedo hecha pedazos.
Me gustaría contar que el sofoco me duró poco más que un suspiro, pero se quedó conmigo un tiempo, en el cual escribí mucho, seguramente los versos más bonitos que había escrito hasta entonces. Me resultaba curioso como la tristeza podía atraer a la belleza, aquella que irradian las palabras cuando las unes de la manera correcta. Fue en aquel instante cuando entendí como era posible que grandes poetas escribieran sus mejores versos envueltos en el desamor y la pena.
Pasó el tiempo y la tristeza se diluyó con el minutero, y aunque no lo comprendía al principio, me di cuenta que te debía muchísimo, porque me descubriste un mundo de papel y tinta, uno en el que todo es posible. Por ello a día de hoy, a cualquiera que me preguntara, le respondería lo mismo: —Soy fan de ti—

11 de junio de 2014

Soy fan de ti (2)

Recuerdo con total perfección aquella primera clase, cada detalle por ínfimo que pareciese. 
Llevabas puesto un bonito vestido gris  y el pelo recogido como el día anterior.  
Te colocaste junto a la pizarra, en frente nuestra y nos miraste, esperando a que nos calláramos. Los alumnos, a medida que se iban percatando de tu presencia se iban sentando.
Una vez que el silencio se apoderó de la sala, cogiste una tiza y con la caligrafía más perfecta que se haya podido vislumbrar, escribiste en la pizarra tu nombre.
Después llegó el mejor momento, aquel en el que tus ojos me miraron por primera vez, cruzándose con los míos. Sucedió a la vez que pronunciabas con tu dulce voz mi nombre, mientras pasabas lista de los alumnos allí presentes.
Nos explicaste como iba a ser el día a día de la clase, de la importancia que tenía la participación y el trabajo en casa. Dos cosas eran fundamentales, leer y escribir.
Terminaste lo que quedaba de hora recitándonos un poco de la obra de Pablo Neruda. Cuanta belleza se podía ver reflejada cuando tus labios pronunciaron las palabras de aquel hermoso poema, poema que comenzaba: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche".
Así fue como me fui a casa, con una gran sonrisa en la boca, sonrisa que no se diluía lo más mínimo por más y más que pasaran las horas.
Los días fueron pasando y mi ilusión por la literatura aumentaba exponencialmente, aunque no era comparable a la que sentía cada mañana al verte.
Empecé a leer a todas horas, leía cada libro y a cada autor que recomendabas en clase y después por la noche, escribía. Me quedaba hasta muy tarde, fingía que dormía hasta que mi madre se iba a la cama, para después levantarme, sentarme en el escritorio de mi habitación, encender mi flexo y ponerme a plasmar con palabras tantísimas cosas que sentía, pensaba e imaginaba.
Debo de confesar que al principio lo hacía por ti, porque quería ser el número uno, quería que estuvieras orgullosa de mí, quería demostrarte lo mucho que me importaba lo que enseñabas, que mientras muchos de mis compañeros molestaban, hablaban y reían, yo prestaba toda mi atención a cada palabra que surgía tras aquellos labios carmesí.
Después de un tiempo, descubrí que realmente lo que hacía me llenaba, me gustaba, me ilusionaba. Crear algo de la nada, de mi mente, a veces sólo con una idea surgida mientras soñaba, era algo maravilloso.
Todos mis esfuerzos se veían recompensados, con tu sonrisa cada vez que recitaba lo que escribía. Aún recuerdo aquel día en que teníamos que leer una redacción acerca de la primavera. Yo me la había preparado bien, aunque fue muy fácil, ya que tú me inspirabas, me recordabas a ella, con su frescura y su belleza.
Cuando llegó mi turno, me llamaste para que me acercara al centro de la clase. Reconozco que titubeé un momento, pero caminé seguro y leí de forma firme y clara.
Después de que acabara se hizo el silencio, silencio que se rompió con las palabras más bonitas que me habías dedicado: —escribes como los ángeles—.
La gente reaccionó riéndose al unísono, pero me daba igual, lo que me habías dicho me había llegado a lo más profundo de mi corazón y todo lo demás importaba bien poco. En ese instante, mi mundo solamente estaba compuesto por aquella frase, por aquellas 4 palabras, por aquellas 22 letras.

27 de mayo de 2014

Soy fan de ti



Soy fan de ti, no lo puedo ocultar, se nota en cada mirada, en cada gesto, en cada segundo que paso a tu lado.

Todo era muy diferente antes de tu llegada, yo, un chico de doce años que nunca se había fijado en nadie. Caminaba ajeno a todo lo que pasaba a mi lado,  únicamente centrado en mis estudios, viviendo en un mundo virtual y ficticio.

Nunca fui muy popular en el colegio, se podría decir que era como un extraño dentro de la clase, al que todo el mundo mira para después pensar  que soy un bicho raro.

Los niños en ocasiones pueden ser crueles, puede que sea porque no son conscientes del daño que pueden ocasionar, debido a esa falta de madurez, esa que  vas adquiriendo a medida que van pasando los años.

Todos hemos sido pequeños, todos hemos ido al colegio y todos sabemos que en todos los cursos siempre hay alguna persona que suele ser objeto de burlas y mofas. Pues bien, en este caso, yo era aquel chico sin amigos del que todos se reían, por mucho que intentara pasar desapercibido.

Para mí era frustrante, no me dejaba conciliar el sueño, me llevaba a pensar en lo diferente que era y me preguntaba cómo podía cambiar esta tendencia.

Pero de repente un día todo cambio, no la situación en la que me encontraba, sino lo que suponía para mí, porque todo esto, coincidiendo con tu llegada, me dejo de importar. 

Lo cierto es que desde el primer momento en que te vi, desde ese instante todo mi mundo empezó a girar alrededor de ti, me había convertido en tu mayor fan.

Aún recuerdo el día en que llegaste a mi colegio, lo recuerdo perfectamente, como si fuera ayer. Viniste a mi colegio en lo que parecía ser un triste día de invierno, digo parecía porque tu llegada dio paso al arco iris más radiante que nunca jamás se ha podido vislumbrar.

Estaba en clase, pintando, mientras todos los demás alumnos gritaban y corrían entre los pupitres. Entonces la puerta se abrió, entró el director y a continuación apareciste tú. Desde aquel instante todo se paró y yo no podía dejar de mirarte, a ti, a tus oscuros ojos escondidos tras los cristales, a tus labios carmesí, a tu pelo moreno delicadamente recogido, a cada una de las hermosas facciones de tu cara, a tus finas y delicadas manos.

El director hablaba y hablaba, te estaba presentando, pero yo no escuchaba, estaba ensimismado, como en una nube.

No me pude enterar porque habías aparecido, si serias nuestra nueva profesora, si te quedarías por un tiempo, ni si quiera me pude enterar de cual era tu nombre.

Así me fui a casa, pensando en ti y en sí tendría la maravillosa suerte de volverte a ver. No te podía quitar de mi cabeza, tenía grabada tu imagen en cada rincón de mi mente.

Luego por la noche no podía dormir, daba vueltas y más vueltas en la cama, con un impulso tan repentino como incontrolable de escribir. No me había pasado nunca, jamás había escrito nada, pero también es cierto que nunca nada ni nadie me había inspirado como lo hiciste tú.

Estuve despierto hasta muy tarde, plasmando todas mis sensaciones, cada uno de los sentimientos que tan fuerte estaba sintiendo. No sé cómo ni cuándo, pero llegó un momento en el que me quedé dormido en la mesa, con la cabeza apoyada entre folios y versos.

Me despertó mi madre con cara de sorpresa por verme dormido en la silla de mi habitación. Creo que me regaño, seguramente sí, pero no lo podría asegurar, porque mi mente estaba distraída, pendiente de una pregunta que debía ser contestada de inmediato, la cual se repetía constantemente y de cuya respuesta dependería todo el curso de mi vida. Bueno, lo cierto es que la respuesta de saber si la volvería a ver, no iba a marcar toda mi vida, pero también es cierto que eso es algo que en su momento no lo sabía un chico de doce años.

Llegué al colegio y como todos los días me senté a esperar a que pasarán rápido las horas, aunque esta vez era diferente, porque lo que esperaba es que pasaran rápido únicamente hasta tu regreso,  para que en ese preciso momento, cada segundo que pasara se hiciera eterno.

Termino la clase de Matemáticas, Historia y también la de Geografía. Llego la hora del recreo y después tuve Inglés y Conocimiento del Medio, ya sólo quedaba una hora y prácticamente había perdido la esperanza, pero el timbre sonó, una última vez en ese día para anunciar la siguiente clase.

Que sensación tan indescriptible, la podía sentir, pero no explicar. El corazón me dio un vuelco y la alegría era inmensa, porque tenía un curso entero para verte.

Eras mi nueva profesora de Literatura.