
Déjame llevarte a mi lado, a mostrarte mi color, el color amarillo. Color de la juventud, la alegría, el júbilo, la perfección espiritual, la paz, el descanso y de la luz. Amarillo, el color de la amistad, la misma que nos unió hace tiempo y, que cada día que pasa se va fortaleciendo.
Voy a contarte un sueño que tuve, en el que los dos somos protagonistas, junto al color amarillo.
Todo empezó como muchos otros días, yéndote a buscar a casa, por supuesto, en el Hyundai Getz de color amarillo. Decidimos conducir sin rumbo fijo. Después de un rato, nuestra piel se fue volviendo amarilla, nos estábamos transformando en personajes de los Simpson. Nos encontrábamos en Springfiel, donde pasamos el día, conociendo la ciudad y la divertida gente que lo habita. Quedaba poco para anochecer y decidimos irnos lejos, muy lejos. Llegamos a una plantación de trigo y allí nos tumbamos. Observamos el mágico momento del atardecer, cuando parece que el cielo empieza a arder, y cuando el día acabó dando paso a la noche, cubriendo el cielo por un manto de brillantes estrellas, nos besamos, nos fundimos, nos unimos, creando uno solo, uno perfecto, como oro puro en manos de un experto joyero.
Nos despertamos con los primeros rayos del sol, ese sol que nos da calor, nos da vida y sobre el que todo nuestro mundo gira. Corrimos, atravesando todo un campo de girasoles, dejándolo atrás, hasta llegar al mar. Junto a la orilla nos encontramos a los Beatles, comiendo paella y bebiendo cerveza. Nos sentamos con ellos y nos invitaron a cruzar el océano Atlántico, por medio de su submarino amarillo.
Llegamos a Nueva York, y sin ropa limpia que ponernos, nuestro amigo George me dejó el traje de la película de la Mascara y a ti el chándal de Kill Bill. Lo cierto es que el traje me quedaba bien, me encantaba, no podía ser más perfecto, pero te miraba y no te veía igual de contenta. Era innegable que tu atuendo no era el apropiado, así que levanté la mano y en menos de un segundo, un taxi se había parado, amarillo por supuesto. Volví a los pocos minutos, a traerte el precioso vestido de Bella, un vestido propio de una princesa de cuento.
Luego fuimos a Broadway, donde pudimos ver el musical Chicago, mientras todas las miradas se fijaban en nosotros. Resplandecimos entre la multitud, brillamos, fuimos puro fuego, todo el mundo nos quería, nos pidieron que nos quedáramos allí, nos apuntaron en las páginas amarillas, hasta pensaban en hacernos hijos predilectos.
Pero no nos podíamos quedar, teníamos que marchar, queríamos seguir viajando. Decidimos cruzar el país, montados en un tractor amarillo. Nuestro tiempo nos llevó, hasta que llegamos a Los Ángeles, a tiempo de que empezara el partido. Nos sentamos al lado de Jack Nicholson, me puse mi camiseta de Bryant, esa donde nuestros colores se mezclan, se funde el lila y el amarillo, o mejor dicho, el púrpura y oro, y nos dispusimos a ver el partido.
El partido acabó y mi sueño terminó. Desperté, abrí los ojos y me quede mirando la pared amarilla de mi habitación, pero únicamente unos segundos, porque me levanté y me puse a escribirlo todo, antes de que se me olvidara.
Artículo reeditado: Originalmente publicado el 31 de Enero de 2012.
Artículo reeditado: Originalmente publicado el 31 de Enero de 2012.





