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19 de noviembre de 2016

La Mirada del Zorro

Inmerso en mis pensamientos y en mi caminar, no me percaté de que estaba siendo observado desde el otro lado de la calle. Su visión era tan perfecta que ni las tinieblas le podían impedir tener una nítida imagen de mi deambular.

Mentalmente me sentía pesaroso y exhausto. El gélido frío nocturno no ayudaba para nada a recobrar mis energías, aumentando mi debilitamiento emocional con el paso de cada segundo.

Con la cabeza gacha, la única certeza que tenía era que los gusanos nocturnos aprovechaban la ausencia de viandantes para buscarse la vida entre las grietas de las baldosas. Es en esos momentos de soledad cuando todos buscamos resquicios donde cobijarnos.

Dichos anélidos vendrían a dar con la tecla. Necesitaba encontrar refugio urgentemente, puesto que de no ser así, el frío y mis pensamientos terminarían por doblegarme y dejarme sin aliento.

Lo que no sabía era que quien me iba a ofrecer refugio era un zorro. Algo me hizo levantar la mirada del suelo directamente hacía donde el animal se hallaba observándome. Allí se encontraba, justo al otro lado de la calle. Me dio la impresión de que llevaba mirándome desde hacía rato, sin duda tratando de encontrar la forma de ayudarme.

Lo que está claro es que halló la forma de hacerlo, puesto que en cuanto cruzamos miradas, supe que estaba a salvo. Tan sólo nos miramos durante un brevísimo instante, pero para mí fue más que suficiente.

En sus ojos empecé a distinguir rostros que me resultaban conocidos. Poco a poco fueron apareciendo desde lo más profundo de la mirada del zorro caras de familiares y amigos. Allí estaban, todos reunidos, sonriéndome con ternura. No fue necesario que dijeran nada. No tuve que escuchar ninguna de sus voces para tener constancia de lo que me querían revelar. Todos parecían decirme, sin llegar a hablarme, que estaban conmigo, que siempre tendría el apoyo de todos ellos y que siempre estarían a mi lado, sin importar cuándo o cómo.

Así, el zorro dio media vuelta y se marchó, dejando tras de sí un destello que desde entonces alumbraría mi caminar.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 27 de Marzo de 2014.

30 de octubre de 2016

¡A las armas!

Los batallones están en formación. Todo está listo para la contienda. Los estandartes muestran sus insignias y ambos saben que tan sólo podrá quedar uno ondeando.

Era algo que se veía venir. Desde el momento en el que el escenario cambió en la tierra en la que tanto unos como otros convivían, ambos bandos supieron al instante que, tarde o temprano, estaban destinados a librar la más grande de todas las batallas.

Todo comenzó hace unos meses, momento en el que la convulsión, la incertidumbre y la desolación dominaban absolutamente todo. Por ello, los dos centros de poder más importantes del lugar decidieron tomar cartas en el asunto. Sin duda, el futuro de la zona dependía de alguno de ellos. Pero, ¿de quién?

El Norte siempre se caracterizó por su capacidad para razonar. Todas las posibles alternativas habían sido analizadas y evaluadas previamente. Se puede decir que todo estaba bajo su control en aquellos páramos helados. Para poder llegar a conseguirlo, todos sus habitantes trabajaban a destajo día y noche elaborando informes para sus dirigentes sobre posibles situaciones futuras. Gracias a todo ello, su influjo creció y fueron logrando atraer a otros muchos a su causa.

Por el contrario, desde el Sur no existía la organización que siempre primó en el Norte. Desde aquellas tierras ardientes todo fue siempre mucho más impulsivo, apasionado e impetuoso. Su mayor virtud radicaba en su habilidad para conectarse con la naturaleza y poder llegar a saber lo que la misma le suplicaba, aunque no siempre les resultaba fácil llegar a obtener respuestas. Ello suponía en muchas ocasiones un problema para ellos, puesto que nunca parecían organizarse cuando había que considerar múltiples variables. De este modo, todos los territorios cercanos parecían darle la espalda en los momentos clave.

Así, los grandiosos y heroicos guerreros sureños decidieron partir en dirección norte. Allí sabían que les esperarían los norteños y sus secuaces replegados en sus castillos y fortalezas. También eran conscientes que les superaban abismalmente en número, pero nada de ello les importaba en absoluto. Sabían del poderío que aglutinaban y su confianza en llevarse la victoria era portentosa. La diferencia fundamental con sus oponentes radicaba en que ellos sabían perfectamente lo que las tierras que pisaban demandaban.

Esa cualidad para comunicarse con la madre tierra nunca la atesoraron por las regiones septentrionales, básicamente debido a que estaban muy ocupados en pensar sobre las consecuencias futuras de todos y cada uno de sus actos. Aunque quizá puede que se debiera a que nunca fueron capaces de sentir el calor del mundo que yacía bajo sus pies.

La sangre acaba de empezar a derramarse. No está claro quién saldrá vencedor. No obstante, lo único que parece seguro es que si el Sur sale victorioso, muchas más vidas se perderán en el camino. Si así fuera, se podría decir que todas ellas se habrían perdido por una buena causa.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 20 de Marzo de 2014.

18 de octubre de 2016

Disparos


Ambos echaron mano a sus respectivas fundas a la par. Parecían totalmente sincronizados a la hora de agarrar las armas que allí se guardaba, las cuales estaban cargadas y listas para disparar.

Antes de encañonar, se apuntan directamente al corazón, puesto que ambos saben que allí es donde ha de alojarse la bala que están apunto de disparar. Es entonces cuando los ojos aprietan el gatillo. Bang, Bang.

Ven venir la bala durante una milésima de segundo justo antes de que les impacte.
En ese preciso instante sus corazones empiezan a funcionar de una forma distinta. Bang, Bang.

Se produce una especie de vacío que provoca que sus cuerpos caigan sin remedio.
Al golpearse contra el suelo reconocen un sonido que les recuerda a un repique de campanas. Bang, Bang.

Ahí se percatan de que las balas yacen en lo más profundo de ellos.
Puede que con el paso del tiempo sus heridas de bala se curen, o quizá puede que queden heridos para siempre. Bang, Bang.

Lo que es seguro es que ninguno de ellos olvidará jamás la sensación de disparar y haber sido disparado. ¡BANG, BANG!

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 13 de Marzo de 2014.

8 de agosto de 2016

Doctor Frankenstein

El Doctor Frankenstein sabía lo que quería. Crear vida era su único objetivo y ello ocupó toda su existencia.

En su mente tenía diseñados diferentes bocetos, pero sabía que ninguno de ellos sería lo suficientemente independiente para poder vivir con autonomía una vez plasmado. Todos ellos eran demasiado monstruosos.

Por ello, decidió ensamblar las diferentes partes de las que disponía y trajo a la vida a un ser que sería recordado para siempre: “El Monstruo de Frankenstein”

La cuestión es que, tal y como el Doctor Frankenstein, todos tenemos monstruos en nuestro interior. Acarreamos con ellos día tras día, la mayoría de nosotros sin percatarnos de ello.

Normalmente nuestros monstruos están construidos de diferentes tipos de aberraciones que no queremos sacar a la luz, que intentamos ocultar en lo más profundo de nuestro ser.

De esta forma tratamos de evitarlos, sin saber que así les estamos dando vida. Intentamos ponerles máscaras, ignorantes de que a quien les estamos poniendo máscaras es a nosotros mismos.

Por consiguiente nos convertimos en Doctores Frankenstein. Creadores de monstruos finitos, indomables y faltos de toda vida.

Y así es como vivimos, sin darnos cuenta que nuestros monstruos no podrán sentir jamás lo que es vivir. No se trata de hacia dónde vamos o dónde vamos a morir. Se trata de vivir mientras estás vivo. A quién tocamos, a quién acariciamos y cómo lo sentimos.

Nuestros monstruos sólo piensan en el tiempo que nos queda, pero nunca sabrán valorar el sentimiento que emana de un llanto o una sonrisa. Nunca sabrán cómo amar.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 18 de Febrero de 2014.

27 de julio de 2016

La Fotografía

Se enamoraron cuando corrían los tiempos previos a La Guerra Civil Española.

Fue algo extraño, inexplicable, como si fuera imposible haberlo planeado con anterioridad. Lo que fue un hecho es que aquella noche de primavera, tras la fiesta del pueblo, terminaron dialogando y hablando como si se conocieran de toda la vida. Algo muy intenso se estaba forjando.

Antes de ello, cada uno sabía de la existencia del otro, pero poco más. Se habían visto algunas veces por el pueblo, y aunque ambos sentían cierta curiosidad por conocerse algo más, nunca se había terciado la oportunidad.

Lo que ocurrió después de aquella noche tan sólo la química lo puede explicar con cierto raciocinio. Ambos se embarcaron en unos días de esplendor, de pasión, de desearse el uno al otro en cada instante. Sus mentes parecían estar extasiadas por sus corazones.

En esas estaban cuando estalló la guerra y él tuvo que irse al frente. Todo quedó suspendido, en el aire, como si de una película a cámara lenta se tratara. La vida parecía que los ponía a prueba, y tan sólo disponían de un arma para afrontarla: el amor.

Durante las noches de incertidumbre en el frente, la mente de él volaba imaginando a su amada una y otra vez. La inventaba en sueños y ello hizo que el sentimiento fuera creciendo más y más. Si algo deseaba con todas sus fuerzas era sobrevivir, puesto que una vida plena y compartida le estaba esperando más allá de la contienda. Gracias a la correspondencia, supo que lo mismo estaba ocurriéndole a ella.

Pero la desgracia parecía cernirse sobre él, ya que durante una incursión enemiga quedó herido de gravedad. La vida se esfumaba, y con ella todo ese sentimiento que se había ido forjando en los últimos meses. El mero hecho de pensar que no la volvería a ver le quitaba la vida.

El dolor por la herida era insoportable, aunque nada comparable con su dolor interior. En esas estaba cuando se quedó dormido extasiado por sus propios pensamientos, con el miedo y la incertidumbre que suponía la posibilidad de no despertar nunca más.

Pero despertó, y en cuanto lo hizo le dijo directamente al médico que cuidaba de él: “Tienes que dibujar algo para mí”.

Durante las curas del día anterior, el médico de guerra le contó que solía dibujar retratos para ganarse la vida antes de convertirse en médico, por lo que dicha petición no le pilló por sorpresa. “Acabo de soñar con una fotografía y quiero que la plasmes en papel. Te daré todo lujo de detalles”, le dijo.

Los días pasaron y su salud fue mejorando. Sin embargo, cuando parecía estar recobrado plenamente otro golpe le sacudió: su bando había perdido la guerra. No disponía de mucho tiempo de maniobra, por lo que decidió dejarse llevar por su propio instinto de supervivencia. Sabía lo que quería y por consiguiente lo que tenía que hacer.

Volvió al pueblo en busca de su amada. Volver a verla tras tantos días de sufrimiento y desesperación fue como elevarse a las alturas. La besó con frenesí, la abrazó como si pretendiera fusionarse con ella, la agarró con fuerza de la mano y empezaron a correr. Sabían que el exilio era la única opción que les quedaba si querían disfrutar de una vida plena.

Treinta y cinco años después, en algún lugar de la Borgoña francesa, un nieto le preguntaba a su abuelo por el significado de las nuevas palabras que iba aprendiendo. En estas estaban, cuando el niño le preguntó al abuelo por el significado de la palabra “amor”.

Si mediar palabra, el abuelo se levantó y se dirigió al cajón donde guardaba sus cosas. De allí sacó un viejo pergamino sobre el que había un dibujo de tal calidad artística, que el nieto creyó estar viendo una fotografía. En ella, el pequeño podía ver un hombre y una mujer que les resultaban familiares. Ella estaba en una posición algo más elevada, desde la que miraba con ojos brillantes y sonrisa pura al hombre situado en una posición algo más inferior. Exactamente la misma mirada y la misma sonrisa se dibujaban en la cara de él.

“Gracias abuelo. Nunca olvidaré el significado de la palabra amor” – le dijo el nieto al abuelo.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 06 de Marzo de 2014.

20 de julio de 2016

El Pacto

Ámsterdam, mediados del siglo XVI. Un joven se encamina hacia de Iglesia Vieja para confesarse. Aun no ha despuntado el día, cuando por las inmediaciones del templo se encuentran ya algunas de las prostitutas que suelen regentar la zona.

Cuando entre ellas la ve, al muchacho le da un vuelco al corazón. La deseaba, la quería con todo su alma desde la primera vez que la vio. Ese sentimiento no parecía ser correspondido, puesto que ella lo despreciaba en cuanto descubría que estaba siendo espiada.

Algo en el interior del chaval le decía que ella nunca podría ser suya, que nunca podría poseerla. Es por ello por lo que quería confesarse y limpiar de su conciencia todos estos pensamientos tan sucios e impíos.

Para ello, se dirige directamente hacía el confesionario y se arrodilla como buen penitente. Cuando escucha el típico “Ave María” desde el otro lado de la rejilla, de su boca salen repentinamente tres palabras: “Padre, he pecado”

El sacerdote fue muy convincente en sus palabras. Le dejó muy claro que ese sentimiento de deseo carnal nunca desaparecería. Que en cuanto saliera de la iglesia, ya estaría deseando de nuevo el cuerpo de su ansiada amada. Que cuando se cansara de ella vendrían otras muchas a las que desearía por igual. Que como bien dice la palabra de Dios, la mujer es la maldad y que por ella comenzó el pecado.

Escuchando estas palabras, al joven le entra un pánico descomunal al pensar que en su cuerpo mora el alma de un ser atroz. Suplica al párroco perdón y absolución, y tras unos segundos de puro sufrimiento, finalmente el sacerdote le hace una propuesta que no podría rechazar.

Tres noches después, en algún lugar del Mar del Norte, un barco pesquero navega a la deriva. La tempestad de la noche anterior había sido devastadora, aniquilando a su paso a casi toda la tripulación. Aun así, en la embarcación todavía late el cuerpo con vida de un joven marinero holandés. De su padre no había rastro.

El destino le tenía reservado un amargo final al chico, puesto que era el primer periplo en alta mar para él junto a su papá. Era su iniciación en el arte de la pesca del salmón y cuando regresaran a tierra firme iba a recibir su primer salario.

Esta actividad no era considerada por su familia como una mera profesión. Era una forma de vivir y de pensar. Una forma de mantener el bienestar de los que están y de los que estuvieran por venir.

Paradójicamente, lo que en el pasado le había dado la oportunidad de vivir a tantos de su estirpe, se había llevado de un plumazo la vida de su padre y estaba ahora a punto de llevarse la suya propia.

Sabía que era el final, le quedaban escasos segundo de vida y los sentimientos que taladraban su mente eran tan sólo dos: rabia y miedo.

Rabia, mucha rabia, porque tras su confesión, todo había quedado pactado con el clérigo. En cuanto hubiera regresado a tierra firme habría entregado su primer salario a cambio de poder yacer con su amada, además de obtener la absolución de todos sus pecados.

Miedo, infinito miedo, puesto que el último viaje de su corta vida le llevaba directo a las puertas del infierno, donde estaba condenado a pasar el resto de la eternidad deseando el cuerpo de una mujer que nunca pudo poseer.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 04 de Diciembre de 2011.

13 de julio de 2016

Ira

Soy un pecador, lo confieso.

Se acabaron las medias tintas, he aquí mi confesión más sincera.

Con el paso de los años ha ido creciendo en mi esta emoción, este resentimiento, esta furia. Será que con el tiempo me he ido percatando de todo aquello que me rodea. De quién es quién. De dónde está mi lugar en el mundo. De cuál es mi relación con el enemigo, y de cómo es el sometimiento al que estoy subyugado.

La ira brotó en mi cuando fui consciente de todo ello. Cuando no me quedó otra opción que la de oponerme de inmediato el comportamiento amenazante de esa fuerza externa que no descansa en su cometido de mantenerme en todo momento bajo control.

Para ello utiliza un mecanismo casi infalible: suministrar miedo. De este modo nos tiene a todos bien controlados, en el redil, perfectamente apaciguados. Es la maniobra perfecta para aniquilar cualquier posibilidad de desestabilización, de pérdida de su estatus de poder.

El miedo es su arma más potente. Con ella se siente seguro. Todo aquel que recibe su dosis queda automáticamente inhabilitado para poder amenazarle, pero yo he encontrado el antídoto perfecto: la ira.

Siento que estoy vivo cuando mi ritmo cardiaco se incrementa ante la presencia del enemigo. Con cada bombeo acelerado de mi corazón, mi expresión corporal va adoptando una posición de ataque. Mis rasgos faciales se modifican hasta convertir mi mirada en la del asesino que está a punto de acechar a su víctima. Mi aparato bucal se tensiona y mis orificios nasales se abren y se cierran desenfrenadamente. Es entonces cuando estoy listo para liberar toda mi rabia contenida.

Llegado a este punto, no puedo controlar el instinto que desde lo más profundo de mi ser siente la necesidad de asaltar y golpear al enemigo. De reducirlo a polvo con mis propias manos, de hacerle llorar de dolor y obligarlo a pedir clemencia, para solo entonces, intensificar más aún mi ira contra él.

Es entonces, en ese preciso instante en el cual su vida está en mis manos, cuando se agolpan en mi mente imágenes de mi niñez. Todas las instantáneas tienen en común un fondo blanco, puro, inmaculado. Era en mi infancia cuando mi alma era cristalina como el agua, cuando todavía al mundo no le había dado tiempo de corromperme y de convertirme a la postre en un pecador insaciable.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 05 de Noviembre de 2013.

29 de junio de 2016

Avaricia

Soy un pecador, lo confieso.

Dicen que soy un vicioso, pero a mi deseo interior no le importa. A este afán, que de forma desmedida me lleva y me guía hacia la posesión de riquezas, tan sólo le importa amasar la fortuna más grande jamás calculada.

En ello estoy desde que mi madre me diera aquella moneda para comprar golosinas cuando tan solo era un zagal. El brillo del metal me embelesó, me enamoró, me fascinó. Sin duda fue un flechazo, un amor a primera vista que traspasa los límites de lo racional. En aquel momento se fraguó una conexión mística que perdurará para siempre, ya que cuando muera, me enterrarán con todas las monedas que desde entonces he ido atesorando.

También dicen que soy una persona que no distingue entre el bien y el mal, que no me importan las normas preestablecidas. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo podía saciar mi codicia sin ir en contra de lo políticamente correcto?

En alguna ocasión me he visto obligado a traicionar a familiares y amigos con tal de sacar tajada. Tampoco voy a negar que soy un blanco fácil a la hora de dejarse sobornar. Dame un sobre negro con pasta dentro y haré lo que quieras. Diré lo que me ordenes y seré tu marioneta, siempre y cuando haya dinero de por medio.

La estafa también es otra de mis actividades preferidas, e incluso he llegado a robar cuando era necesario para mantener mi caja fuerte bien nutrida de billetes. Cierto día, hasta vendí mi alma al diablo.

El altruismo y la solidaridad me dan fatiga. No comprendo cómo puede haber gente que done su dinero para otras causas. ¿Cómo es posible llenar las arcas de otros mientras vacías las propias? No me entra en la cabeza.

Codiciar, anhelar y ambicionar mi fortuna durante toda mi vida, ha supuesto que a mi alrededor revoloteen cual aves carroñeras personas que dicen ser allegados o amigos. Estos personajes parecen agolparse a mi alrededor pensando que soy una ONG que tiene fondos para todos ellos.

Si os soy sincero, en los últimos tiempos les suelo engañar dándoles migajas para que no se alejen mucho. Es el único mecanismo que he conocido durante mi dilatada vida para no sentirme tan solo en estos momentos en los que empiezo a sudar sintiendo en mi cogote el fuego del infierno que me espera al final del túnel.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 30 de Octubre de 2013.

15 de junio de 2016

Gula

Soy un pecador, lo confieso.

He convertido una necesidad biológica en una adicción desenfrenada. Lo que nos nutre y mantiene nuestra maquinaria en marcha está al mando de mi sala de control, llevándome en un viaje frenético que tan sólo disminuye su velocidad cuando como y bebo desaforadamente.

Todo se reduce a consumir todo aquello que sea consumible. No tengo otros objetivos ni me pongo metas más allá de la simplicidad de engullir. No necesito amar ni sentirme amado. Dicen que mi cuerpo no se ajusta a los estándares de la moda, cosa que a mí no me importa, puesto que sé que todos esos esclavos de sus tendencias nunca han llegado a sentir la verdadera placidez que se siente al comer. Una auténtica gozada.

El instante previo a la ingesta lleva consigo un sentimiento de felicidad que difícilmente es explicable. No he probado jamás ningún alimento que me deje un regusto más placentero que mi propia saliva ante la inminencia de la comida. La certeza de que ésta se acerca y de que voy a devorarla, provoca una explosión en mi cerebro que me hace perder el control.

Es entonces cuando sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de llevarme a la boca lo que apacigua mi adicción. Comprendo perfectamente a los perros cuando alguien pretende quitarle el bocado que considera suyo, puesto que yo también gruñiría y mordería a aquél que se atreviera a interponerse entre mi comida y yo.

Cuando empiezo a comer, el mundo se detiene, mi mente se libera y focalizo todos los sentidos en engullir. Se trata de una necesidad que no entiende de límites. No hay control más allá que el corporal. Lo mental queda totalmente relegado por lo físico, ya que puedo comer y beber todo lo que mi cuerpo abarque, lo cual es mucho.

Cuando no queda más espacio en mi interior, me veo obligado a parar. Mi cuerpo toma esa decisión, puesto que si de mi mente dependiera, alargaría hasta el infinito cada banquete.


Suelo dormir profundamente tras cada tragantona. Es entonces cuando suelo soñar que soy un rey medieval al que le han preparado un festín para recibir a sus súbditos. Su corte de más de mil invitados está preparada para empezar con el banquete, pero soy yo el único que come sin parar. Tan sólo cuando despierto me detengo, anhelando entonces con todo mi ser no despertar jamás.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 24 de Octubre de 2013.

30 de mayo de 2016

Envidia

Soy un pecador, lo confieso.

El bien ajeno me destroza, me despedaza, me desgarra.

Con cada sonrisa que veo a mi alrededor, algo muere en lo más profundo de mi ser. No deseo el bien de nadie en mi entorno. Es sencillo de expresar, pero difícil de sopesar, puesto que el fuego que crece en mi interior es descomunal cada vez que veo que a otros le van las cosas sobre ruedas.

No tengo amigos, pero sí muchos conocidos. Hace unos días me encontré con uno de ellos por la calle y me contó acerca de su último viaje vacacional a las Islas Caimán. Según me dijo, disfrutó de lo lindo en las paradisíacas playas caribeñas con su adorable pareja. Mientras me lo contaba, se me fue produciendo un nudo en mi estómago que me dejaría sin apetito para lo que restaba de día.

Tampoco hace mucho, recibí una llamada de un antiguo compañero de la facultad. Pasaba por la ciudad y le apetecía verme. A mí no me hacía mucha gracia la idea, puesto que seguramente me vendría con alguna buena nueva que me amargaría la existencia. Y así fue. Me relató cómo había conseguido un nuevo empleo, olvidando de este modo el trabajo basura que tenía desde que terminamos los estudios. Yo era feliz viendo como este excompañero tenía que trabajar a destajo para cobrar dos perras gordas en un campo profesional que no era el suyo. Pero eso se acabó. Iba a empezar a trabajar dentro de su perfil profesional en un trabajo mucho mejor remunerado y sin tener que hacer horas extras. Como si se tratara de la teoría de los vasos comunicantes, mi bienestar desapareció de un plumazo gracias a su prosperidad.

Al que ya no le descuelgo el teléfono es al amigo de la infancia que siempre me llama para ir a hacer footing. Cuando solía salir con él a correr siempre venía a mi casa para salir juntos en su cochazo que deseo poseer. Ya cuando iniciábamos la marcha, era común que me contara acerca de su vida amorosa. Todas las mujeres con las que ha estado las desearía para mí, por lo que en mis entrañas siempre deseaba era que los asuntos de pareja le fueran mal. Pero para mi desgracia, cada vez que yo me alegraba por ver cómo sus relaciones se iban a pique, él siempre tenía la habilidad para sacar una sonrisa y encontrar nueva pareja al poco tiempo.

Por todo ello, hoy en día prefiero salir solo y recorrer las calles de la ciudad buscando vagabundos a los que admirar desde la más absoluta felicidad.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 15 de Octubre de 2013.

18 de mayo de 2016

Soberbia

Soy un pecador, lo confieso.

Yo, sólo yo tengo sentido.

Me río de vosotros, pobres desgraciados, que no me llegáis ni a la suela de mis zapatos de cocodrilo.

Os cuento. Tengo un poder colosal. Todos vosotros soñaríais con poseer sólo una ínfima parte de mi patrimonio, para de ese modo creeros felices. Ignorantes.

¿O acaso alguna vez podréis disfrutar con todo lo que queráis, cuándo queráis? En mi caso es así, puesto que en cuanto chasco los dedos tengo ante mí lo que deseo en cada momento.

Las mujeres más bellas se pelean por estar a mi lado. Tanto mi supremacía como mi sex-appeal son irresistibles para ellas. Me gustan despampanantes, para que de ese modo hagan juego con mis cochazos de lujo. A mi “Ferrari Testarossa” le va como anillo al dedo una rubia con ojos azules zafiro, mientras que si nos lo montamos en mi nuevo “Lamborghini Veneno” prefiero a una morenaza con pechos prominentes.

Por otro lado, jamás podréis saborear la dulce sensación de manejar a vuestro antojo a un séquito de pelotas lame culos que harían lo que fuera por vosotros. Se desviven por complacerme, se arrastran hasta mí cual sabandijas para estar a mi plena disposición. Matarían por mí si hiciera falta. Y todo ello porque sencillamente mi poder les abruma hasta el infinito.

Es curioso, porque aunque el dinero me sale por los ojos, ostento un cargo en el que me pagan más que a todos vosotros juntos. ¿Y qué he tenido que hacer para llegar a estar donde hoy estoy? La respuesta es tan simple como vosotros: nada. Lo he tenido todo bien mascadito desde que nací. Una vida de lujos sin tener que haber hecho ningún esfuerzo para conseguirlo. Eso es placer.

Dicho placer se magnifica cuando os miro desde arriba y me doy cuenta que sois vosotros los que me mantenéis en mi posición de poder. Sois una panda de borregos que hacéis lo que quiero que hagáis. Os creéis que sois vosotros los que me elegís, cuando lo cierto es que soy yo el que os manejo como a marionetas atolondradas. ¿Paradójico verdad?

Podréis criticarme todo lo que queráis, pero que sepáis una cosa, con cada uno de vuestros reproches estaréis engordando aun más mi felicidad. Esa felicidad que vosotros jamás alcanzaréis.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 08 de Octubre de 2013.

20 de abril de 2016

Pereza


Soy un pecador, lo confieso.

Todos los días tienen la misma rutina para mí. Ahí me siento cómodo, en mi salsa. No quiero saber nada de lo que ocurre más allá de la morada en la que habito.

Cuando el día amanece, a mi me quedan aún varias horas de sueño. Es mi reloj biológico el que me guía, el que hace todo por mí. No gasto energía en hacerlo funcionar. Él sabe perfectamente que a mediodía debo estar en la cama, regocijándome en mi somnolencia.

Es entonces cuando llega el que quizá sea el momento más difícil del día, el de levantarse de la cama. Diariamente he de pasar por este trance tan traumático puesto que mi estómago me pide que le dé algo de comida, tras más de catorce horas sin echarle algo que le apacigüe.

Mi desayuno suele ser bastante exiguo. Más que nada porque en mi despensa no hay mucho donde elegir. Todos los días me planteo ir al mercado en algún momento del día, pero al final, tras un par de horas en el sofá sopesándolo, siempre termino recitándome a mí mismo la misma frase: “lo dejo para mañana”.

Después de esta fase de lucha personal, llega la hora del almuerzo. Me fuerzo a comer cualquier cosa que quede por el frigorífico, algo que tan solo tenga que poner en el microondas y esté listo en poco tiempo. En los días que me siento más cansado de lo normal, ni siquiera caliento estos platos precocinados y me los como fríos mientras veo el “reality” de turno en la televisión.

El acto de comer tiene un placer especial. El hecho de estar comiendo, y de ser consciente al mismo tiempo que el sueño se va a ir apoderando de mí poco a poco desde el preciso instante que suelte el tenedor, hace que todos los almuerzos tengan un sabor especial.

Me encantan las siestas. Ese alivio diario que hace que mi motor pueda seguir en funcionamiento hasta la noche. Suele ser en las siestas cuando sueño con nubes en las que reposo mi cuerpo, mientras desde el cielo caen plumas de cisnes que vienen a cubrirme a modo de sábanas blancas.

Lo normal es que me despierte tras unas tres horas de sueño vespertino. Siempre pienso lo mismo cuando abro los ojos en mi amado sofá: “ya queda menos para ir a la cama”.

Para la cena todos los días hago lo mismo. Estiro mi brazo para coger el teléfono y llamo al restaurante de comida a domicilio de turno. Siempre les insto a que se den prisa, ya que no tengo todo el día para esperar por algo secundario.

Lo primario, lo máximo, el climax llega después. La cama me espera de nuevo. Sé que nunca me abandonará, sé que siempre estará ahí para acogerme entre sus sábanas. Sé que ahí está la felicidad que no necesito buscar en ningún otro sitio.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 30 de Septiembre de 2013.

6 de abril de 2016

Lujuria

Soy un pecador, lo confieso.

Paso el día entero esperando este momento. Lo visualizo en mi mente una y otra vez, y ahora que llega, mi apetito parece saciarse por un lapso corto de tiempo.

Desnudarte es lo más parecido a la felicidad. Recorro tu espalda con mi boca, besándola, lamiéndola, mordiéndola. Esta piel es la que guía mi vida, por la que todo lo demás cobra sentido.

Cuando tus senos asoman ante mí, un deseo irrefrenable por comérmelos recorre mi espina dorsal. Todos mis movimientos posteriores se sincronizan para terminar mordiendo tus pezones con una avidez indomable.

El descenso por tu busto siempre es placentero, puesto que sé lo que espera algo más abajo. Es por ello por lo que prefiero alargar esta sensación desviándome hacia tus piernas. Las mismas que minutos antes bailaban para mí y que yo sabía que en breve serían mías durante un breve instante.

Chupar tus muslos siempre supone en mí un sentimiento arrollador que termina con mi boca en tu sexo. Tu vulva es mi diosa, mi tesoro. Aquello por lo que mataría sin dudarlo.

Ese monte de Venus lo escalaría durante toda mi vida si fuera necesario, sabiendo que en lo más alto del mismo siempre me esperarán tus labios y tu clítoris.

Es entonces cuando la penetración es inminente. Tengo que hacerlo, no puedo evitarlo.

Sé que mi deseo se está marchando progresivamente con cada vaivén. Es por ello por lo que intento mantenerlo conmigo introduciendo mi pene en tu boca para alargar al máximo esta sensación de querer desearte a ti y sólo a ti

Pero al final siempre termina ocurriendo lo mismo, y con la eyaculación el deseo desaparece de un plumazo.

La noche siguiente te volveré a ver en el Club, pero ya nunca más te desearé como hoy, dejando paso a que mi sed de carne pueda saciarse con alguna de tus compañeras con las que nunca yací.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 25 de Septiembre de 2013

21 de marzo de 2016

Desde el olvido

Soy una vagabunda errante. No me queda nada, absolutamente nada. Mis días gloriosos pasaron tan rápido, que en la actualidad apenas soy capaz de creer cómo he podido acabar en esta situación tan miserable. Y todo porque fui creada para que otros se alzaran con el poder. Ahora me percato de que fui una mera marioneta.

Jamás se me pasó por la cabeza que terminaría de esta guisa cuando era famosa. Estuve en la cúspide. Allí fue donde me elevaron mis creadores. Por entonces creía que sería indestructible y que me convertiría en aquello para lo que fui diseñada. La convicción y vehemencia que ponían aquellos que me inventaron en cada uno de sus discursos me hicieron creerme todo ello. Pero nada más lejos de la realidad.

Mi vida por aquel entonces tenía sentido. Era en aquella época cuando llenaba los corazones de muchísima gente y eso iluminaba mi vida. Les hice creer a todos ellos que un mundo mejor era posible, y sin embargo ahora revivo día tras día la pesadilla que supone no haber cumplido con mi propósito.

Paradójicamente, casi todos aquellos que durante esos días creyeron en mí, ahora me ignoran y ningunean. La gran masa social me aplasta con un pasotismo abrumador. Nadie parece percatarse de mi presencia en los suburbios de la ciudad, y tan sólo unos pocos siguen recordándome y dándome el valor que tuve en mis días de esplendor.

Ardo por dentro cuando veo en la televisión a mis creadores justificando mi abandono y olvido, y no puedo soportar ver como se cristalizan situaciones que son la antítesis de lo que yo debería haber sido algún día.

He escuchado por parte de otras muchas como yo, que en otros países como Japón importamos. Que allí no se permite que caigamos en el olvido, revisándose nuestra situación tras un tiempo. En el caso en el que existieran atisbos de que alguna como yo no se está cristalizando, se reinicia todo el proceso.

Cuando nos reunimos en las hogueras callejeras para intentar no morir congeladas, solemos hablar de lo bella que sería la vida en Japón y recordamos momentos fugaces del pasado en los que éramos felices. Durante estas conversaciones, alguna de mis colegas suele decir que no tiene sentido seguir viviendo así, algo con lo que no estoy completamente de acuerdo.

Creo que mi existencia si tiene sentido aún, y ella pasa por esperar a que lleguen las próximas elecciones y con ellas montones de nuevas camaradas que vendrán de haber pasado por lo mismo que yo pasé. Será entonces cuando tenga una misión clara y concisa: evitar el suicidio de estas nuevas desdichadas.

Firmado: Una promesa electoral

Artículo reeditado: originalmente publicado el 18 de Diciembre de 2013.

22 de febrero de 2016

Eternos


Vivieron felices y se quisieron con locura desde el primer día que el amor se cruzó en su camino. Fue bajo el follaje de un frondoso roble, al cual ambos acudían con asiduidad para disfrutar de maravillosos atardeceres.

A partir de entonces disfrutaron de cada uno de los instantes que su efímera vida les brindó, algo que para ellos se antojaba manifiestamente exiguo, puesto que ni miles de billones de milenios podrían haber albergado todo el amor que se profesaban.

De esta manera, comenzaron a planear el modo de dar cabida a su amor más allá de la fugacidad orgánica. Empezaron a fraguar su perpetuidad, puesto que no querían emular a ese sol melancólico que los unió. Ellos querían ser ese otro sol infinito cuyos rayos los despertaban cada mañana.

Así pues, cuando sus vidas se iban apagando, ellos ya tenían preparado su particular albor.

Durante años, habían cimentado en las raíces del gran roble que los unió su particular sepulcro. Allí se dirigieron, como tantas otras veces hicieron, para disfrutar de su particular ocaso cuando sus respectivas vidas estaban apunto de extinguirse.

Acomodándose en su nicho compartido, se cruzaron la misma mirada que antaño hicieran por primera vez, reflejando en ella el cariño y el amor mutuo que sentían. Se abrazaron, y justo cuando sus corazones latieron al unísono por última vez, se hicieron eternos.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 05 de Agosto de 2013.

3 de enero de 2016

Pon una Caipirinha en tu vida

Para elaborar una Caipirinha Moito Especiale, al igual que en la vida, se debe seguir el siguiente procedimiento:

Agenciarse un par de limas, azúcar, hielo y cachaça, siendo la más común en mercados la Cachaça 51. Hay que tener bien controlados todos estos elementos básicos, puesto que mientras vamos avanzando en el proceso tendremos que ir utilizándolos de forma equilibrada.

A continuación, lo ideal es contar con una serie de instrumentos que nos harán disfrutar del proceso de preparación: mortero, cuchillo afilado, removedor y máquina trituradora de hielo. Estos instrumentos no son estrictamente necesarios, y podríamos tener la bebida igual de bien elaborada al final del proceso sin haberlos utilizado. Aun así, lo recomendable es disfrutar del transcurso, no sólo quedarnos con el resultado final. Aunque requiera esfuerzo y tiempo, se puede recordar incluso más el intervalo de obtener la bebida, que el hecho de beberla.

Una vez que tenemos todo a mano, lo primero es cortar una lima y media en pequeños trozos, para posteriormente machacarlos con el mortero, obteniendo de este modo un jugo que servirá como base de la bebida. Este es un proceso arduo que nos hará sudar. Lo bueno es que cuanto más sudemos, más necesidad tendremos a posteriori de refrescarnos y más regocijo obtendremos con el resultado final, disfrutando en cada sorbo.

Vertemos en un vaso de cocktail todo el jugo, con los trocitos de lima incluidos. Tras ello, llega el momento de decidir si queremos un toque más dulce o más ácido en nuestra Caipirinha. La versión Moito Especialle es equilibrada, por lo que recomiendo añadir dos cucharadas soperas y media de azúcar. Los momentos de decisión son siempre difíciles y arriesgados, pero siempre es mejor quitarse miedos de encima y hacer lo que te dicte el corazón. Si al final te das cuenta que erraste con tu decisión, siempre podrás decir que al menos hiciste lo que deseaste, aprendiendo de esta forma a recordar tu error en futuras decisiones.

Seguimos con decisiones. Hay que echarle condumio al asunto, esto es, cachaça. Al igual que en el paso anterior, queda a gusto del consumidor un toque más fuerte o más suave en el cocktail en cuanto a alcohol se refiere. Siempre hay sitio para la magia y para la imaginación, algo que aprendí de mi mentor. Por ello, siempre puedes invocar al vasito de cuarto que siempre ha estado presente mientras he elaborado esta bebida, con el cual el toque Especialle está asegurado.

En este momento, echamos mano del hielo y lo trituramos. Lo ideal es añadir el doble de hielo a la cantidad de mezcla que ya tenemos, completando de este modo un buen vaso de cocktail. Es en este punto, acercándonos al final, cuando nos solemos dar cuenta de la cercanía del objetivo final, por lo que entre manivela y removedor, es cuando más risa y regocijo debe aparecer, mezcla del recuerdo de todo el proceso de elaboración y de las ganas de pegarte un buen trago al asunto.

Por último, cortamos un par de láminas de la media lima que nos queda, colocándolas en los bordes del vaso. De este modo, llegamos al momento cumbre. La bebida está lista para catarla. Ahora os toca a vosotros saborear todos y cada uno de los sorbos, puesto que irremediablemente os terminaréis la bebida antes de que os deis cuenta. Lo bueno, tal y como suele decir el creador de esta fórmula mágica, es que siempre nos quedará París.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 12 de Agosto de 2013.

9 de diciembre de 2015

Viaje espacio-temporal

Esta semana he tenido la oportunidad de viajar en el tiempo. Para ello, no me he visto en la obligación de contactar con Marty McFly y hallar la forma de reconstruir el “condensador de flujo” en el DeLorean del genuino científico Doc.

Nada de eso. Para viajar en el tiempo tan sólo tuve que ir al instituto donde estoy trabajando por tierras inglesas y entrar en un examen con mi identificación de “Invigilator”.

Claro, ahora pensaréis que con esta nomenclatura me las ingenié para encontrar entre los alumnos a John Connor en el presente. De este modo, y tras enseñarle a John la identificación que cada día me dan al entrar al trabajo, no dudó en contratarme para viajar al pasado y proteger a Sarah Connor del “Terminator”, asegurando de este modo  la victoria de la resistencia en el futuro.

Tampoco van por ahí los tiros. Mucha coincidencia habría sido encontrar al futuro líder de una resistencia mundial, cuando tan sólo había una posibilidad; un único alumno estaba expectante para realizar el examen.

Así pues, me dispuse a darlo todo para cumplir con mi ardua labor de vigilante de este solitario chaval. Ninguna posible treta del susodicho quedaría sin castigo.

Pero fue entonces, cuando me disponía a darle el examen al estudiante en cuestión, cuando se produjo mi salto temporal hacia el pasado, que me llevó a iniciar una travesía por alguna de las más importantes civilizaciones que la humanidad ha conocido.

Allí estaba, entrando por la puerta, un escriba que venía para echar un cable al muchacho de 15 años con los intrincados jeroglíficos que tenía que descifrar en el examen de matemáticas que tenía justo delante.

Representante del olvidado escriba del Antiguo Egipcio, buen conocedor de los documentos legales y comerciales de la época. En nombre a su vez de los escribas del Antiguo Oriente Próximo, versados en la escritura y encargados de redactar y leer textos. También testigo de primera mano de la palabra de Dios, puesto que escribas como el que venía entrando por el aula se encargaron de remendar, corregir y hacer fieles copias de la vida y obra de Jesús.

Tras mi viaje por este remoto pasado, el presente me asaltó por la urgencia del deber. Fue en ese instante cuando supe con certeza cuál era mi función: vigilar y controlar que el escriba no traspasara los límites de sus conocimientos mientras leyera al alumno “examinado” todas y cada una de las cuestiones del examen.

Cada día voy conociendo mejor cómo funciona la educación por aquí. El alumno tiene la sartén por el mango. Un ejemplo de ello es que tiene el poder de contar con escribas que el echen un cable con aquella simbología conocida por pocos, puesto que el concepto de fracaso escolar aquí no existe. No hay repetidores, pero si hay, y mucho, dinero para contratar escribas e “invigilators”  que, como yo, se permiten viajar en el espacio y en el tiempo para añorar aquella educación de la que proviene.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 27 de Junio de 2013.

2 de diciembre de 2015

Carta dirigida a una ignorante

Querida Consejera de Educación, Juventud y Deportes de la Comunidad de Madrid,

En referencia a los acontecimientos acaecidos en la última asamblea de Madrid, en la que un grupo de interinos que protestaban por sus derechos con sus camisetas de la marea verde fueron expulsados. Y tras leer sus declaraciones al respecto después de lo ocurrido, en la que usted decía alegremente que “'las oposiciones se aprueban estudiando y no poniéndose camisetas”, he de hacerle algunas aclaraciones.

Lo primero que queda patente es que usted no se ha presentado a ninguna oposición en su puñetera vida. Seguramente no lo haya necesitado por el hecho de nacer en el seno de una familia facha y adinerada. Quizá su gran mérito para ostentar la posición en la que se encuentra actualmente sea tener una red de familiares y amigos que la enchufaron en la vida política de su partido corrupto. Por cierto, en dicha red se encontraba el yerno de Aznar, Alejandro Agag, cuya boda con la hija del ex presidente del Gobierno se pagó en parte gracias al dinero de la trama Gürtel.

Cuando desprecia al colectivo interino intentando usar las oposiciones como arma arrojadiza, se retrata como una completa ignorante. Quizá no haya tenido tiempo para informarse sobre ello en su mísera vida, aunque sería conveniente que lo hiciera teniendo en cuenta que es Consejera de Educación. Por ello le informo que para ser interino hay que haber aprobado las oposiciones al menos una vez, y que se es interino porque no se ha conseguido plaza en esa convocatoria.

Es más, puede ocurrir que algún aspirante obtenga una de las mejores notas de su tribunal, y al final se quede sin plaza, puesto que quizá no se oferten suficientes plazas. Resulta paradójico que usted sea la mal nacida encargada de ofertar una cantidad de plazas por debajo de las que realmente se necesitan, porque de lo contrario nunca habría vacantes que cubrir por interinos.

Lo que también parece ignorar es que una vez que el interino está (o estaba trabajando), debe volver a presentarse a posteriores oposiciones, compatibilizando trabajo y estudios, en muchas ocasiones fuera de su domicilio habitual. Todo esta ignorancia por su parte es entendible, puesto que seguramente usted no ha tenido nunca la necesidad de trabajar duro y estudiar por lo que quieres, ya que se lo han dado todo bien mascadito desde el maldito día en el que nació.

Por último, y para dejar todos los cabos bien atados, he de decirle que si realmente conocía todo lo expuesto aquí, pero prefiere hacerse la tonta y soltar frases como la referida que son del agrado de la panda de inútiles e ignorantes que le mantienen en su cargo, tan sólo me cabe decirle una cosa: es usted bazofia.


Le saluda un defensor de la escuela pública de tod@s para tod@s.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 30 de Mayo de 2013.

25 de noviembre de 2015

Bienvenido al Infierno



Me encuentro caminando por el distrito de Whitechapel, Londres. De repente, una sombra pasa ante mí y me catapulta al año 1888.

La calle cambia su configuración. Noche cerrada. No hay señal alguna del ajetreo de gente yendo y viniendo. El tráfico es prácticamente inexistente y la sensación de estar en una de las urbes más cosmopolitas del mundo se esfuma. En cambio, el cuadro que aparece es el de un paisaje lúgubre. 

Continúo andando mirando hacia todos lados. No me quiero perder detalle de nada. En mi curiosidad, no veo a un hombre corpulento, con gabardina negra y gran maletín, que camina en dirección contraria y con el que tropiezo.

Oscuridad. Tinieblas. Mundo de las sombras.

Ahora soy más grande, inhumano y tengo un objetivo. Bajo mi gabardina negra puedo sentir el frescor del acero sobre mi piel. Ello incrementa mi avidez, mi apetencia y mi codicia. Pronto será saciada.

Sé a dónde dirigirme: las calles tenebrosas por donde suelen merodear algunas prostitutas están cerca.

Al girar la esquina vislumbro en la penumbra el contoneo característico que hace rugir mi instinto. A pocos metros de mi víctima, puedo oler el perfume barato que conduce mi mano irremediablemente hacia el machete.

El momento de atravesarla es orgásmico. Pero el disfrute viene después, cuando extraigo de su interior las vísceras aun candentes. Para ello tengo mis instrumentos bien afilados en mi maletín.

Una vez terminado el trabajo, vuelvo a las sombras. Diez campanas parecen protegerme en las cercanías del infierno. Allí estoy a buen recaudo, donde jamás la “Scotland Yard” logrará capturarme.

Una luz cegadora aparece de repente para devolverme a la realidad de mi paseo matinal. Los viandantes siguen con su rutina, mientras yo me adentro por un callejón cercano en busca de un buen trago que me ayude a pensar en lo ocurrido. Por suerte, un típico pub inglés denominado “The Ten Bells” aparece para saciar mi sed.

Atravesando la puerta del mismo pude escuchar un repique de campanas y en ese mismo instante, un hombre con aspecto familiar se dirige hacia mi y me da la bienvenida con una sencilla y directa frase: “Bienvenido al Infierno”.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 07 de Mayo de 2013.

18 de noviembre de 2015

En ocasiones veo chorizos


Podría parecer que esta mañana, cuando salí de casa bajo una intensa nevada, hubiera visto a Urdangarín cruzando la calle cual Yeti que hubiera bajado de la montaña.

O quizá podéis pensar que cuando entraba en la academia de inglés me hubiera cruzado en la puerta con Bárcenas, saliendo de la misma tras matricularse para su nuevo curso de “Begginer”.

Lo cierto es que me dio un vuelco al corazón cuando al entrar en el autobús que me conduciría de vuelta a casa, el conductor me recordara a Julían Muñoz. Con el miedo en el cuerpo me senté en mi asiento esperando que todos estos fantasmas solo estuvieran en mi imaginación.

Al entrar en casa me di cuenta del motivo de mi obsesión: volví a ver un trofeo en una estantería de la casa donde vivo que me recuerda al auténtico chorizo (comestible) español.

Todas mis dudas se disiparon y ahora todo cobraba sentido. Mi añoranza hacia la cocina española estaba afectando a mi buen juicio.

El concepto de “comida” tal y como nosotros lo conocemos aquí no existe. A mediodía búscate la vida para comer un “lunch” de mala manera, rápido y frío. Todo ello sin hablar de la hora a la que aquí el personal se toma su comida a mediodía: en torno a las 12:30 a.m.

Al estar viviendo con una familia de acogida, las cenas o “dinners” (comida principal del día para los británicos), nos las prepara el dueño de la casa cada día. A las 8:00 p.m. todo está sobre la mesa, pero no rastro de tortilla de patatas, ensaladilla o manitas de cerdo con, por supuesto, su respectivo chorizo picante. Y bueno, de pan ni rastro.

Por supuesto a estas horas del día no son recomendables ciertos platos, pero no echaría de menos un buen potaje de garbanzos, habichuelas o patatas guisadas a las 8 de la tarde.

Cuando vuelvo a mi habitación cada noche para descansar siempre me fijo en el trofeo que me recuerda al chorizo y una sonrisa se dibuja en mi cara. Algún día no descarto coger el trofeo y echarlo a la olla para que le de saborcito a las “fish and chips”.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 21 de Marzo de 2013.