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13 de julio de 2016

Ira

Soy un pecador, lo confieso.

Se acabaron las medias tintas, he aquí mi confesión más sincera.

Con el paso de los años ha ido creciendo en mi esta emoción, este resentimiento, esta furia. Será que con el tiempo me he ido percatando de todo aquello que me rodea. De quién es quién. De dónde está mi lugar en el mundo. De cuál es mi relación con el enemigo, y de cómo es el sometimiento al que estoy subyugado.

La ira brotó en mi cuando fui consciente de todo ello. Cuando no me quedó otra opción que la de oponerme de inmediato el comportamiento amenazante de esa fuerza externa que no descansa en su cometido de mantenerme en todo momento bajo control.

Para ello utiliza un mecanismo casi infalible: suministrar miedo. De este modo nos tiene a todos bien controlados, en el redil, perfectamente apaciguados. Es la maniobra perfecta para aniquilar cualquier posibilidad de desestabilización, de pérdida de su estatus de poder.

El miedo es su arma más potente. Con ella se siente seguro. Todo aquel que recibe su dosis queda automáticamente inhabilitado para poder amenazarle, pero yo he encontrado el antídoto perfecto: la ira.

Siento que estoy vivo cuando mi ritmo cardiaco se incrementa ante la presencia del enemigo. Con cada bombeo acelerado de mi corazón, mi expresión corporal va adoptando una posición de ataque. Mis rasgos faciales se modifican hasta convertir mi mirada en la del asesino que está a punto de acechar a su víctima. Mi aparato bucal se tensiona y mis orificios nasales se abren y se cierran desenfrenadamente. Es entonces cuando estoy listo para liberar toda mi rabia contenida.

Llegado a este punto, no puedo controlar el instinto que desde lo más profundo de mi ser siente la necesidad de asaltar y golpear al enemigo. De reducirlo a polvo con mis propias manos, de hacerle llorar de dolor y obligarlo a pedir clemencia, para solo entonces, intensificar más aún mi ira contra él.

Es entonces, en ese preciso instante en el cual su vida está en mis manos, cuando se agolpan en mi mente imágenes de mi niñez. Todas las instantáneas tienen en común un fondo blanco, puro, inmaculado. Era en mi infancia cuando mi alma era cristalina como el agua, cuando todavía al mundo no le había dado tiempo de corromperme y de convertirme a la postre en un pecador insaciable.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 05 de Noviembre de 2013.

29 de junio de 2016

Avaricia

Soy un pecador, lo confieso.

Dicen que soy un vicioso, pero a mi deseo interior no le importa. A este afán, que de forma desmedida me lleva y me guía hacia la posesión de riquezas, tan sólo le importa amasar la fortuna más grande jamás calculada.

En ello estoy desde que mi madre me diera aquella moneda para comprar golosinas cuando tan solo era un zagal. El brillo del metal me embelesó, me enamoró, me fascinó. Sin duda fue un flechazo, un amor a primera vista que traspasa los límites de lo racional. En aquel momento se fraguó una conexión mística que perdurará para siempre, ya que cuando muera, me enterrarán con todas las monedas que desde entonces he ido atesorando.

También dicen que soy una persona que no distingue entre el bien y el mal, que no me importan las normas preestablecidas. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo podía saciar mi codicia sin ir en contra de lo políticamente correcto?

En alguna ocasión me he visto obligado a traicionar a familiares y amigos con tal de sacar tajada. Tampoco voy a negar que soy un blanco fácil a la hora de dejarse sobornar. Dame un sobre negro con pasta dentro y haré lo que quieras. Diré lo que me ordenes y seré tu marioneta, siempre y cuando haya dinero de por medio.

La estafa también es otra de mis actividades preferidas, e incluso he llegado a robar cuando era necesario para mantener mi caja fuerte bien nutrida de billetes. Cierto día, hasta vendí mi alma al diablo.

El altruismo y la solidaridad me dan fatiga. No comprendo cómo puede haber gente que done su dinero para otras causas. ¿Cómo es posible llenar las arcas de otros mientras vacías las propias? No me entra en la cabeza.

Codiciar, anhelar y ambicionar mi fortuna durante toda mi vida, ha supuesto que a mi alrededor revoloteen cual aves carroñeras personas que dicen ser allegados o amigos. Estos personajes parecen agolparse a mi alrededor pensando que soy una ONG que tiene fondos para todos ellos.

Si os soy sincero, en los últimos tiempos les suelo engañar dándoles migajas para que no se alejen mucho. Es el único mecanismo que he conocido durante mi dilatada vida para no sentirme tan solo en estos momentos en los que empiezo a sudar sintiendo en mi cogote el fuego del infierno que me espera al final del túnel.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 30 de Octubre de 2013.

15 de junio de 2016

Gula

Soy un pecador, lo confieso.

He convertido una necesidad biológica en una adicción desenfrenada. Lo que nos nutre y mantiene nuestra maquinaria en marcha está al mando de mi sala de control, llevándome en un viaje frenético que tan sólo disminuye su velocidad cuando como y bebo desaforadamente.

Todo se reduce a consumir todo aquello que sea consumible. No tengo otros objetivos ni me pongo metas más allá de la simplicidad de engullir. No necesito amar ni sentirme amado. Dicen que mi cuerpo no se ajusta a los estándares de la moda, cosa que a mí no me importa, puesto que sé que todos esos esclavos de sus tendencias nunca han llegado a sentir la verdadera placidez que se siente al comer. Una auténtica gozada.

El instante previo a la ingesta lleva consigo un sentimiento de felicidad que difícilmente es explicable. No he probado jamás ningún alimento que me deje un regusto más placentero que mi propia saliva ante la inminencia de la comida. La certeza de que ésta se acerca y de que voy a devorarla, provoca una explosión en mi cerebro que me hace perder el control.

Es entonces cuando sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de llevarme a la boca lo que apacigua mi adicción. Comprendo perfectamente a los perros cuando alguien pretende quitarle el bocado que considera suyo, puesto que yo también gruñiría y mordería a aquél que se atreviera a interponerse entre mi comida y yo.

Cuando empiezo a comer, el mundo se detiene, mi mente se libera y focalizo todos los sentidos en engullir. Se trata de una necesidad que no entiende de límites. No hay control más allá que el corporal. Lo mental queda totalmente relegado por lo físico, ya que puedo comer y beber todo lo que mi cuerpo abarque, lo cual es mucho.

Cuando no queda más espacio en mi interior, me veo obligado a parar. Mi cuerpo toma esa decisión, puesto que si de mi mente dependiera, alargaría hasta el infinito cada banquete.


Suelo dormir profundamente tras cada tragantona. Es entonces cuando suelo soñar que soy un rey medieval al que le han preparado un festín para recibir a sus súbditos. Su corte de más de mil invitados está preparada para empezar con el banquete, pero soy yo el único que come sin parar. Tan sólo cuando despierto me detengo, anhelando entonces con todo mi ser no despertar jamás.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 24 de Octubre de 2013.

30 de mayo de 2016

Envidia

Soy un pecador, lo confieso.

El bien ajeno me destroza, me despedaza, me desgarra.

Con cada sonrisa que veo a mi alrededor, algo muere en lo más profundo de mi ser. No deseo el bien de nadie en mi entorno. Es sencillo de expresar, pero difícil de sopesar, puesto que el fuego que crece en mi interior es descomunal cada vez que veo que a otros le van las cosas sobre ruedas.

No tengo amigos, pero sí muchos conocidos. Hace unos días me encontré con uno de ellos por la calle y me contó acerca de su último viaje vacacional a las Islas Caimán. Según me dijo, disfrutó de lo lindo en las paradisíacas playas caribeñas con su adorable pareja. Mientras me lo contaba, se me fue produciendo un nudo en mi estómago que me dejaría sin apetito para lo que restaba de día.

Tampoco hace mucho, recibí una llamada de un antiguo compañero de la facultad. Pasaba por la ciudad y le apetecía verme. A mí no me hacía mucha gracia la idea, puesto que seguramente me vendría con alguna buena nueva que me amargaría la existencia. Y así fue. Me relató cómo había conseguido un nuevo empleo, olvidando de este modo el trabajo basura que tenía desde que terminamos los estudios. Yo era feliz viendo como este excompañero tenía que trabajar a destajo para cobrar dos perras gordas en un campo profesional que no era el suyo. Pero eso se acabó. Iba a empezar a trabajar dentro de su perfil profesional en un trabajo mucho mejor remunerado y sin tener que hacer horas extras. Como si se tratara de la teoría de los vasos comunicantes, mi bienestar desapareció de un plumazo gracias a su prosperidad.

Al que ya no le descuelgo el teléfono es al amigo de la infancia que siempre me llama para ir a hacer footing. Cuando solía salir con él a correr siempre venía a mi casa para salir juntos en su cochazo que deseo poseer. Ya cuando iniciábamos la marcha, era común que me contara acerca de su vida amorosa. Todas las mujeres con las que ha estado las desearía para mí, por lo que en mis entrañas siempre deseaba era que los asuntos de pareja le fueran mal. Pero para mi desgracia, cada vez que yo me alegraba por ver cómo sus relaciones se iban a pique, él siempre tenía la habilidad para sacar una sonrisa y encontrar nueva pareja al poco tiempo.

Por todo ello, hoy en día prefiero salir solo y recorrer las calles de la ciudad buscando vagabundos a los que admirar desde la más absoluta felicidad.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 15 de Octubre de 2013.

18 de mayo de 2016

Soberbia

Soy un pecador, lo confieso.

Yo, sólo yo tengo sentido.

Me río de vosotros, pobres desgraciados, que no me llegáis ni a la suela de mis zapatos de cocodrilo.

Os cuento. Tengo un poder colosal. Todos vosotros soñaríais con poseer sólo una ínfima parte de mi patrimonio, para de ese modo creeros felices. Ignorantes.

¿O acaso alguna vez podréis disfrutar con todo lo que queráis, cuándo queráis? En mi caso es así, puesto que en cuanto chasco los dedos tengo ante mí lo que deseo en cada momento.

Las mujeres más bellas se pelean por estar a mi lado. Tanto mi supremacía como mi sex-appeal son irresistibles para ellas. Me gustan despampanantes, para que de ese modo hagan juego con mis cochazos de lujo. A mi “Ferrari Testarossa” le va como anillo al dedo una rubia con ojos azules zafiro, mientras que si nos lo montamos en mi nuevo “Lamborghini Veneno” prefiero a una morenaza con pechos prominentes.

Por otro lado, jamás podréis saborear la dulce sensación de manejar a vuestro antojo a un séquito de pelotas lame culos que harían lo que fuera por vosotros. Se desviven por complacerme, se arrastran hasta mí cual sabandijas para estar a mi plena disposición. Matarían por mí si hiciera falta. Y todo ello porque sencillamente mi poder les abruma hasta el infinito.

Es curioso, porque aunque el dinero me sale por los ojos, ostento un cargo en el que me pagan más que a todos vosotros juntos. ¿Y qué he tenido que hacer para llegar a estar donde hoy estoy? La respuesta es tan simple como vosotros: nada. Lo he tenido todo bien mascadito desde que nací. Una vida de lujos sin tener que haber hecho ningún esfuerzo para conseguirlo. Eso es placer.

Dicho placer se magnifica cuando os miro desde arriba y me doy cuenta que sois vosotros los que me mantenéis en mi posición de poder. Sois una panda de borregos que hacéis lo que quiero que hagáis. Os creéis que sois vosotros los que me elegís, cuando lo cierto es que soy yo el que os manejo como a marionetas atolondradas. ¿Paradójico verdad?

Podréis criticarme todo lo que queráis, pero que sepáis una cosa, con cada uno de vuestros reproches estaréis engordando aun más mi felicidad. Esa felicidad que vosotros jamás alcanzaréis.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 08 de Octubre de 2013.

20 de abril de 2016

Pereza


Soy un pecador, lo confieso.

Todos los días tienen la misma rutina para mí. Ahí me siento cómodo, en mi salsa. No quiero saber nada de lo que ocurre más allá de la morada en la que habito.

Cuando el día amanece, a mi me quedan aún varias horas de sueño. Es mi reloj biológico el que me guía, el que hace todo por mí. No gasto energía en hacerlo funcionar. Él sabe perfectamente que a mediodía debo estar en la cama, regocijándome en mi somnolencia.

Es entonces cuando llega el que quizá sea el momento más difícil del día, el de levantarse de la cama. Diariamente he de pasar por este trance tan traumático puesto que mi estómago me pide que le dé algo de comida, tras más de catorce horas sin echarle algo que le apacigüe.

Mi desayuno suele ser bastante exiguo. Más que nada porque en mi despensa no hay mucho donde elegir. Todos los días me planteo ir al mercado en algún momento del día, pero al final, tras un par de horas en el sofá sopesándolo, siempre termino recitándome a mí mismo la misma frase: “lo dejo para mañana”.

Después de esta fase de lucha personal, llega la hora del almuerzo. Me fuerzo a comer cualquier cosa que quede por el frigorífico, algo que tan solo tenga que poner en el microondas y esté listo en poco tiempo. En los días que me siento más cansado de lo normal, ni siquiera caliento estos platos precocinados y me los como fríos mientras veo el “reality” de turno en la televisión.

El acto de comer tiene un placer especial. El hecho de estar comiendo, y de ser consciente al mismo tiempo que el sueño se va a ir apoderando de mí poco a poco desde el preciso instante que suelte el tenedor, hace que todos los almuerzos tengan un sabor especial.

Me encantan las siestas. Ese alivio diario que hace que mi motor pueda seguir en funcionamiento hasta la noche. Suele ser en las siestas cuando sueño con nubes en las que reposo mi cuerpo, mientras desde el cielo caen plumas de cisnes que vienen a cubrirme a modo de sábanas blancas.

Lo normal es que me despierte tras unas tres horas de sueño vespertino. Siempre pienso lo mismo cuando abro los ojos en mi amado sofá: “ya queda menos para ir a la cama”.

Para la cena todos los días hago lo mismo. Estiro mi brazo para coger el teléfono y llamo al restaurante de comida a domicilio de turno. Siempre les insto a que se den prisa, ya que no tengo todo el día para esperar por algo secundario.

Lo primario, lo máximo, el climax llega después. La cama me espera de nuevo. Sé que nunca me abandonará, sé que siempre estará ahí para acogerme entre sus sábanas. Sé que ahí está la felicidad que no necesito buscar en ningún otro sitio.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 30 de Septiembre de 2013.

6 de abril de 2016

Lujuria

Soy un pecador, lo confieso.

Paso el día entero esperando este momento. Lo visualizo en mi mente una y otra vez, y ahora que llega, mi apetito parece saciarse por un lapso corto de tiempo.

Desnudarte es lo más parecido a la felicidad. Recorro tu espalda con mi boca, besándola, lamiéndola, mordiéndola. Esta piel es la que guía mi vida, por la que todo lo demás cobra sentido.

Cuando tus senos asoman ante mí, un deseo irrefrenable por comérmelos recorre mi espina dorsal. Todos mis movimientos posteriores se sincronizan para terminar mordiendo tus pezones con una avidez indomable.

El descenso por tu busto siempre es placentero, puesto que sé lo que espera algo más abajo. Es por ello por lo que prefiero alargar esta sensación desviándome hacia tus piernas. Las mismas que minutos antes bailaban para mí y que yo sabía que en breve serían mías durante un breve instante.

Chupar tus muslos siempre supone en mí un sentimiento arrollador que termina con mi boca en tu sexo. Tu vulva es mi diosa, mi tesoro. Aquello por lo que mataría sin dudarlo.

Ese monte de Venus lo escalaría durante toda mi vida si fuera necesario, sabiendo que en lo más alto del mismo siempre me esperarán tus labios y tu clítoris.

Es entonces cuando la penetración es inminente. Tengo que hacerlo, no puedo evitarlo.

Sé que mi deseo se está marchando progresivamente con cada vaivén. Es por ello por lo que intento mantenerlo conmigo introduciendo mi pene en tu boca para alargar al máximo esta sensación de querer desearte a ti y sólo a ti

Pero al final siempre termina ocurriendo lo mismo, y con la eyaculación el deseo desaparece de un plumazo.

La noche siguiente te volveré a ver en el Club, pero ya nunca más te desearé como hoy, dejando paso a que mi sed de carne pueda saciarse con alguna de tus compañeras con las que nunca yací.

Artículo reeditado: Originalmente publicado el 25 de Septiembre de 2013