¿Cómo seré yo
cuando no sea yo?
Cuando el tiempo
haya modificado mi estructura,
y mi cuerpo sea otro,
otra mi sangre,
otros mis ojos y otros mis cabellos.
Pensaré en ti, tal vez.
Seguramente,
mis sucesivos cuerpos
—prolongándome, vivo, hacia la muerte—
se pasarán de mano en mano,
de corazón a corazón,
de carne a carne,
el elemento misterioso
que determina mi tristeza
cuando te vas,
que me impulsa a buscarte ciegamente,
que me lleva a tu lado
sin remedio:
lo que la gente llama amor, en suma.
Y los ojos
-qué importa que no sean estos ojos-
te seguirán a donde vayas, fieles.
Ángel González
Todos aquellos que en su tránsito por la vida hayan amado a una persona, es muy probable que se sientan identificados con este poema. Cada instante es superfluo, evasivo por su propia naturaleza, pero al mismo tiempo va dejando en cada uno de nosotros un poso perpetuo. Sobre él inciden todos aquellos sentimientos primarios que nos hacen estar vivos, de entre los cuales sin duda me quedo con el amor. Ese misterioso sentimiento que nadie puede limitar, ni siquiera el propio tiempo. Esa incomprensible emoción que nadie puede concretar, ni siquiera el propio espacio.
Muchas veces nos empeñamos en ocultarlo, ciegamente. No nos percatamos de que si optamos por el amor la primavera avanza, y eso es inexorable. Nos olvidamos de que gracias a “lo que la gente llama amor” estamos donde estamos. Sin la pasión que nos mueve a estar permanentemente apegados a la otra persona, la naturaleza nos habría consumido en nuestra más profunda soledad hace tiempo.
Artículo reeditado: Originalmente publicado el 05 de Septiembre de 2012.

