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18 de septiembre de 2013

La Bruja


            Muchos ni la conocían. Nadie la vio jamás realizar un hechizo, hacer un conjuro, efectuar un sortilegio o preparar poción alguna. Sin embargo todo el mundo en la aldea afirmaba que se trataba de una bruja. De movimientos sinuosos y delicados; bella y seductora en sus ademanes; de mirada profunda; solitaria y callada; mujer enigmática por antonomasia, no se sabía de su paso sino por el humo que dejaba tras de sí, huidiza y cambiante como el agua. Por eso en el pueblo estaban asustados. Por eso en el pueblo la demonizaron. Aunque ni de su existencia estuvieran convencidos. Sólo ese maldito humo, ese aroma a diferencia que destilaba. Y decidieron marginarla. Porque ella era distinta. Porque ellos se sentían inseguros. Por miedo, egoísmo e intolerancia.
            Rehuyéndola, la confinaron en los bosques próximos a la aldea. Absolutamente incomunicada, aprendió a sobrevivir en directa relación con la naturaleza. Convivió con los animales, con los que confraternizaba naturalmente y de los que aprendió métodos de resistencia en las condiciones más adversas, desarrollando un lenguaje característico y un código de común entendimiento. Se perfeccionaron sus sentidos alcanzando niveles que muchos calificarían de mágicos. Se hizo aún más ágil, silenciosa y rápida, y acrecentó sus habilidades camaleónicas y de adaptación al medio. Perfecta conocedora de las técnicas de camuflaje y acecho, algunos aseguraron que era capaz de transformase en diferentes animales. Día a día descubría, asimismo, el valor de las plantas y sus propiedades, que utilizó para múltiples fines, desde la cocina hasta la cura de heridas, afecciones y enfermedades. Mediante pócimas, brebajes, bebedizos y ungüentos dominó, como nadie, el arte de la sanación. La interacción con la naturaleza le mostró, finalmente, un saber más allá de los sentidos, un aprendizaje puramente contemplativo, directo e inmediato, sin intervención de la deducción o el razonamiento, que le reveló secretos universales vedados al conocimiento del hombre.
            Sin topes ni frenos, sin prejuicios ni condicionamientos sociales, exenta de tapujos y falsas fórmulas de cortesía, todo en ella y en su comportamiento fue natural y sencillo, pero, por lo mismo, tachado de irrespetuoso y desconcertante, de audaz y  atrevido, por el ser humano.
            Con rechazo y marginación, fue en definitiva la propia aldea la que obró, de manera natural, el mayor hechizo conocido, propiciando la conversión de la que no había sido hasta entonces sino una simple mujer en la más venerada, temida y capaz de las hechiceras del lugar.

Nuestra asidua colaboradora Sibila, nos remite un Artículo lleno de imaginación con hechizos. GRACIAS.

Artículo reeditado: originalmente publicado el 17 de Agosto de 2011.

11 de septiembre de 2013

Singular pareja

Nuestras desavenencias comenzaron con motivo de las diferencias de horario entre ambos. Y es que desde que empecé el turno de noche apenas coincidimos en casa. Ella dice que se aburre, que me echa de menos y que tenemos que hacer algo para remediarlo. Yo le pido que cambie su turno y ella me responde que no se lo permiten. 

No quiero perderla, pero esta situación nos está afectando negativamente y temo por el futuro de nuestra relación. Ya nada es igual que al principio. En las, cada vez más escasas, ocasiones en que nos vemos sólo quedan los reproches y un rencor sordo que aflora más a menudo de lo que ambos quisiéramos.

Las discusiones son frecuentes, y a consecuencia de tanta reyerta mi corazón ya no palpita como antes si presiento su cercanía, ni tiembla, como antaño, todo mi ser en su presencia. Se perdió la magia, y quedan ya lejos aquellas noches de misterio y excitación, de ambiente de luz tenue y velas. 

Por el contrario, rotas sus cadenas, nos invade permanentemente una apatía y una indiferencia enormes, y ni con la más blanca de sus túnicas ni la más fascinante de sus apariciones siento ya ningún sobresalto. Temo que nuestra aventura esté irremediablemente condenada al fracaso. 


Ya no noto ningún espanto.


Sólo a mí se me ocurre liarme con una fantasma...

 
Sibila, nos remite esta Colaboración sorprendente e imaginativa. GRACIAS.

Artículo reeditado: originalmente publicado el 21 de Julio de 2011.

28 de agosto de 2013

La Cita

Pedro salió a la calle. Agradeció la oscuridad de la noche, así todo parecía menos grave y trascendente. Estaba decidido y sin embargo seguía sintiendo un leve remordimiento; por eso volvió a recordar los argumentos a favor de siempre. Los repasaba mentalmente, más a modo de quien acaricia un amuleto que le tranquiliza que para convencerse racionalmente de ellos. Al fin y al cabo, se dijo, la vida son cuatro días y hay que aprovecharlos.

Procuró reprimir su nerviosismo y distraerse en el camino hacia el lugar de la cita. Miró escaparates y tiendas, percibió el ambiente festivo del bulevar, incluso leyó titulares de revistas y periódicos al rodear el quiosco. Desaparecían las dudas  y los sentimientos de reprobación, y crecía su optimismo. Se levantó el cuello del abrigo mientras sonreía. Estaba convencido de que iba a pasar una velada magnífica, una noche pletórica de pasión y seducción.

Al cruzar la plaza, se detuvo unos minutos en la tienda a comprar el puzle semanal de Alvarito. Esta vez sorprendería a Laura por haberlo recordado. Durante unos instantes centró en ella sus pensamientos. La rememoró saliendo de casa aquella misma tarde. Con el pelo rubio suelto, aquel traje de chaqueta en tonos grises y burdeos, los zapatos negros de tacón alto, los guantes de piel y el pañuelo al cuello, la encontró más que adorable. No obstante, pensar en su familia traía pesadumbre a su ánimo, por eso se obligó a distraerse de nuevo.

Por fin llegó a la cafetería del hotel y, según lo convenido, ocupó la mesa del rincón. Echó un vistazo al reloj. Su cita tardaría aún unos minutos. Escudado tras el periódico, los vio descender por las escaleras. Una pareja como tantas otras. Reparó en el elegante traje de él y en la recatada actitud de ella. Alta, rubia y delgada, en la inactividad de quien pretende pasar desapercibida, atrincherada en la penumbra, se mantenía de espaldas a la cafetería y a la recepción del hotel, asomada al exterior a través del amplio y oscuro ventanal. La siguió con la mirada en su camino de salida junto a su pareja, adivinándola especialmente atractiva. Fue entonces cuando, súbitamente, a la luz renovada de los focos de la entrada al hotel y en el instante en que abandonaban el edificio, sintió Pedro esa terrible e intensa sacudida en su cuerpo que le cortó la respiración, le nubló el pensamiento y le trastocó el ánimo para siempre.

Aún la observaba caminar hasta que, abrazada a su acompañante, su silueta desapareció a lo lejos: el pelo rubio suelto, el traje en tonos burdeos, los zapatos de tacón, los guantes, el pañuelo…

Nuestra, ya asidua, Colaboradora y Amiga, Sibila, cambia de temática y nos presenta este sugerente relato... GRACIAS.

Artículo reeditado: originalmente publicado el 10 de Junio de 2011.

17 de enero de 2012

Infiel

Presintió que ya era tarde, pero aun así intentó obtener el perdón. Pidió perdón largamente y de mil maneras distintas. Suplicó, sollozó, lloró, pero todo fue inútil. Ella permanecía frente a él, sentada en su butaca, impasible, ausente, serena. Ella, que siempre fue indulgente y generosa, se mostraba ahora irreconocible ante sus ojos. Fue entonces, frente a aquella mirada impávida y fría de su mujer y a su obstinado silencio, cuando la duda y el desconcierto se adueñaron de él. 

Pasó revista a sus múltiples desprecios y deslealtades, que ella encajó dócilmente una y otra vez. Sus innumerables infidelidades, su desapego, su falta de ternura y su infinito desdén alcanzaban desigual correspondencia en los angustiosos llantos de ella, en sus tímidas reivindicaciones, en su tierna mansedumbre, en su paciente resignación. 

Oyó pasos, y voces, y lloros, y advirtió con sorpresa que el ambiente que se respiraba aquella tarde en la casa no era el acostumbrado. Irrumpieron familiares y amigos extrañamente abatidos, percibió, desconcertado, el monótono zumbido de rezos y oraciones, de plegarias susurrantes, letanías interminables y aburridas jaculatorias, y al contemplar, finalmente, aquellos adornos florales, en forma de corona, agolpados a la entrada del vestíbulo, decidió poner orden en su agitada cabeza.

Era consciente de que el enfado de su mujer tenía su causa en la última de sus infidelidades que, con inusitada desfachatez, había consumado, cruelmente, en el mismísimo lecho matrimonial. 

Fue así como, súbitamente, su mente pareció despertar. Se recordó sorprendido en pleno juego erótico con su amante, vio la figura de su mujer observándoles, inmóvil, a la entrada del dormitorio, contempló su mirada inexpresiva, reparó en su ademán, firme y seguro, tan distinto de su habitual fragilidad, y sintió en su cabeza aquel estrepitoso y fugaz estruendo.

Y ya no recordó nada más.

Se volvió de nuevo hacia ella y la observó durante breves instantes: reclinada aún en su butaca, vestía elegantemente y de negro riguroso; acompañada ahora de todas aquellas personas que parecían querer consolarla, mantenía el gesto aún sereno, la mirada perdida, y sus labios musitaban, en una singular mueca, ininteligibles sonidos al compás de la danza de un rosario entre sus dedos.

Volvió a hablarle de nuevo, pero ella quiso ignorarle y persistir en su silencio. 

Un estremecimiento recorrió entonces su espalda al tiempo que una terrible sospecha le latió en las sienes. 

Miró de nuevo a su alrededor y aquel terrible pálpito se clavó ahora en sus entrañas. Tan atrevido y bravucón que se mostró siempre en sus correrías adúlteras, y en esta ocasión sin embargo no halló el coraje ni el arrojo para comprobar si aquel mal presagio era cierto. Se limitó a rogar, con insólito fervor, que sólo fuese un sueño.

Y efectivamente lo fue: un sueño sin retorno, su sueño eterno.


Sibila, vuelve a deleitarnos con su especial forma de escribir. GRACIAS.

4 de enero de 2012

La niña de la curva




Estoy hasta el moño de la crisis y de tanta hora extraordinaria.

Lo que ha de hacer una para llegar a fin de mes.

Todos los viernes noche, la misma escena. Veo a lo lejos, en la carretera, el autobús abarrotado de dulces ancianitos del INSERSO y espero a que esté a pocos metros de distancia para hacer mi aparición en la calzada. Visto de blanco y procuro que mi presencia sorprenda a todos. El conductor, al verme, intenta esquivarme y pocos metros más adelante detiene el autobús para que me suba. Yo pongo cara de visión espectral, porque, no contenta con serlo, ensayo mi expresión a diario, que esto de ser un espectro, y de cierta fama además, no es incompatible con un alto grado de profesionalidad. 

A partir de aquí, todo ocurre como ya imagináis. Hablo con el conductor, que me pregunta por qué a esas horas de la noche camina una niña sola por una carretera desierta, y le cuento la consabida historia de mi leyenda: que sufrí un accidente de coche, en la curva siguiente, en el que perdí la vida, y que mi espíritu repite esto mismo desde entonces. El chófer y los ancianos flipan en colores sin dar crédito a lo que oyen. Yo, para enfatizar la escena, aparezco y desaparezco varias veces con la cara de espíritu ojeroso que mejor me sale. El autobús derrapa en la curva de rigor por la pérdida de atención del chófer, a causa de la impresión, y da varias vueltas de campana. La confusión final es terrible. 

Y cuando todo ha terminado, incluidos conductor y ancianos que pasan a mejor vida, los comentarios son los de siempre: “oye, pues en esta otra vida no se está tan mal”; “mira la niña, qué maja, yo te hacía más fea y más flaca”; “pues, para tratarse del otro mundo, aquí hace mogollón de humedad, qué lata, pásame el chal, Rodolfo”; “¿aquí no dan ponche de bienvenida?”; “qué mala cara se te ha puesto, Virtudes...”. 

Y esto mismo todos los viernes por sistema y con todos los autobuses de la tercera edad del INSERSO -no como antes que me aparecía sólo cuando a mí me daba el punto-, y para que el gobierno, que es quien me paga, ahorre en gastos, contenga el déficit y no haga más recortes sociales que los imprescindibles, que dicen que de otra manera les daría mala prensa. Puñetera crisis… 

Pues no veas la que le tienen preparada a los funcionarios, pobrecillos. En ésa, yo ya no intervengo; total, para la miseria que me dan… 

Qué vida de perros esta, aun siendo eterna; ya no nos salvamos ni los espectros…



De nuevo, Sibila nos regala un artículo repleto de imaginación. GRACIAS.

23 de septiembre de 2011

Destino Implacable

 
I
De un balcón cae una maceta. Los cálculos de su trayectoria de descenso apuntan hacia un señor encorbatado que camina en su dirección a la velocidad adecuada. El fatal encuentro entre ambos cuerpos parece inexorable y todo sugiere el desdichado desenlace. Durante el momento inmediato anterior a la supuesta colisión, algunos viandantes, conscientes del probable devenir de los acontecimientos, harán gestos, mitad de resignación, mitad de desagrado, en espera de lo previsible; otros aprovecharán para iniciar alguna suerte de aviso al viandante o para procurar un último intento de eliminación del impacto o de minoración de sus efectos. El tiempo de reacción será breve. Todo transcurrirá muy rápidamente, en milésimas de segundo. O quizás las trayectorias no coincidan finalmente. Lo único indiscutible es que sólo un instante bastará para ver cambiado nuestro destino.
II
Ocupada en sus quehaceres domésticos, Marta trajina en la casa. Afortunadamente queda ya muy poco para finalizar sus tareas. Se mueve deprisa:  hace un día inmejorable y emplearlo trasteando, piensa, es un auténtico despilfarro. Sale al balcón. Por todos lados rezuma primavera. La temperatura exterior es tan  fresca y agradable y la brisa que circula por la calle tan suave y fragante que necesariamente han de influir de manera positiva en el ánimo de quienes por ella transitan. Marta presiente que el día promete. Cinco minutos más, el tiempo indispensable para regar esas frondosas hortensias, tan bonitas que quedaron ayer al trasplantarlas a un tiesto mayor, y saldrá con Ana a pasear y tomar una cerveza. Al girar, golpea involuntariamente una de las macetas, que sobrepasa el pretil de protección y cae al vacío. Se asoma al exterior y con gran preocupación corre hacia las escaleras.
Pedro acaba de salir de casa. Baja por el ascensor del bloque y se asoma a la calle. Hace un día precioso, de un azul intenso y nítido, tan fresco y perfumado, tan luminoso y florido, que invita a la vida. Inspira profundamente y se recoloca la corbata cambiando de mano el portafolios. Enfila la avenida en dirección a la oficina, en la Plaza Mayor, sintiéndose optimista y con energías. Al detener la mirada en el intenso azul del cielo, siente que su exultante ánimo responde a la llegada de la primavera que instala el buen talante en el alma y logra que la sonrisa aflore a los labios aun sin pretenderlo. O quizás sea simplemente que tiene buenos presagios. Recuerda de pronto que debe comprar el papel para sus dibujos. Al pasar por la papelería, tras doblar la esquina, se detendrá unos minutos.
III
Al salir Pedro de la papelería para tomar la acera, se produce el impacto. Una vez más interactúan las indescifrables fuerzas del Universo, y espacio y tiempo  confluyen de modo mágico, permitiendo que el destino actúe implacablemente. Un instante antes, o uno después, y el suceso jamás habría tenido lugar. Ha sido necesario ese momento único, decisivo, irremediable, para cambiar el previsible curso de los acontecimientos.
El papel de dibujo recién comprado se desparrama por el suelo.
Marta sufre un mareo momentáneo.
Y el día continúa. Persiste la naturaleza en la plenitud de su belleza. El impecable e intenso azul del cielo, la suavidad y la fragancia de la brisa, la magnificencia de las flores, incluso el devenir de los transeúntes, los ruidos del tráfico o el sonido de las hojas de los árboles, en su movimiento a merced del viento, responden, de una manera misteriosamente armoniosa, a esa melodía oculta del palpitar de la vida.
IV
El tropiezo entre Pedro y Marta ha sido brusco, por eso Pedro se apresura a tender la mano a Marta, ayudándola a recuperar el equilibrio. Ella se excusa de manera atropellada y dobla la esquina aceleradamente, sin detenerse. El tiesto, en su caída, no ha producido daños, a excepción del natural sobresalto entre quienes circulaban próximos al punto de impacto, peligrosamente cercano a un señor encorbatado que se muestra algo nervioso tras el inesperado suceso. Más tranquilos todos después de la alarma inicial y, tras las disculpas de rigor, Marta vuelve sobre sus pasos y ayuda a Pedro a recoger los papeles que perdió durante el incidente. Sus miradas coinciden entonces durante un breve instante. Aunque es la primera vez que lo ve, ella siente que conoce a Pedro desde siempre. Su proximidad le resulta agradable y su voz, en este singular trance, suave y confortadora. Caminando pausadamente, se alejan del lugar. Pedro, que ha quedado doblemente impactado, en el hombro y en el alma, se ofrece a acompañarla durante parte del trayecto. Bromean enseguida y la química fluye entre ellos. Su conversación se vuelve animada. Su sino, común.
V
Dichoso tropiezo, destino implacable: siempre ineludible, siempre inevitable, único.

De nuevo Sibila nos regala un relato, con su brillante narrativa, imaginación y originalidad. GRACIAS.

14 de septiembre de 2011

La Huida

A juzgar por su vandalismo y brutalidad, sus canciones siniestras, sus danzas demoníacas y sus desconsolados y sobrecogedores aullidos, se trataba de un escuadrón de almas y espíritus de energía muy negativa, y profundamente atormentados, que sembraban a su paso el miedo y el caos. Por eso, al oírlos, escaparon desesperados. A zancadas rápidas y agigantadas se alejaron, como pudieron, del cementerio. Jamás el grupo corrió tan apresuradamente como entonces. Tampoco recordaban haber sentido nunca tantísimo miedo. Fue puro pánico el que se apoderó de ellos aquella noche, a consecuencia de tanto alarido, tanta risa diabólica y tanto proceder destructivo y violento. De tal manera se asustaron que ni siquiera se detuvieron a recobrar el aliento cuando se encontraban suficientemente lejos de ellos como para dejar de oírlos. Por el contrario, presas aún de un temor indescriptible, siguieron huyendo en silencio, sin intercambiar miradas ni palabras, aterrados, despavoridos, sobresaltados, envueltos en la conmoción que acompaña a las situaciones en las que la angustia aprieta.

 Incluso Inés, la más joven de todos, que dejó mucho de sí misma durante la huida, no tuvo el valor de volver sobre sus pasos para recuperar lo perdido.

-Así es, pobre Inés -intervino uno del grupo-. Se malogró el talón y varios dedos del pie derecho en la carrera. Menos mal que es muy joven y le queda aún mucha materia orgánica por perder; Roberto, en cambio, ha perdido el maxilar superior casi por completo y del brazo izquierdo no conserva más que el hueso, lo que  a su edad es una mengua irreparable de la que un zombi no se recupera jamás.

Regresaba aquel grupo de zombis al cementerio tras esa fuga atropellada, algo más calmados aunque con el miedo todavía metido en el cuerpo, apoyados los unos en los otros, vigilantes y temerosos por si el suceso se repetía, sin detener el paso y rememorando, involuntariamente y con gran estremecimiento, ese quejido lastimero de aquellas almas endemoniadas, un clamor ininteligible cuyo simple recuerdo les congelaba la sangre y les producía una escalofriante emoción: “¡Beeeeeeeeetis, beeeeeeeetis, beeeeeeeeetis…!”.

De nuevo Sibila, tal y como acostumbra, nos sorprende con un imaginativo relato. GRACIAS.

2 de septiembre de 2011

Sueño


María quería conciliar el sueño, pero no lo conseguía. Y es que María estaba enamorada. Lo estaba hasta la médula. Pensaba en él continuamente. Una simple mirada de Daniel y miles de mariposas bailarinas se adueñaban de sus tripas, acelerando su ritmo cardiaco. Pensaba en él, además, con avidez y voracidad, con pasión desatada, con sensual insistencia. Se moría por besar sus labios entreabiertos en esa sonrisa tan suya, a media asta, que dejaba atisbar tan sólo el borde de los incisivos superiores bajo aquellos labios carnosos. Deseaba colocarse sobre él y tocarle con la yema de sus dedos, lentamente, blandamente, muy suavemente, para posar luego las palmas, sus manos enteramente abiertas, los dedos separados, y abarcar con ellas la mayor extensión posible de su cuerpo desnudo. Imaginaba que las deslizaba sin prisas, gradualmente, presionando ligeramente sobre su piel, recorriendo con placer cada rincón de su anatomía perfecta e indefensa; y quería fundirse en su calor, en su vibración cada vez más ardiente, en su desesperación contenida y febril; y, abandonada a su contacto, sumergirse en aquella respiración agitada, en esos ojos claros, tan dulces y lindos, de Daniel, que se esforzarían por mantenerle la mirada y que se irían cerrando involuntariamente entre susurros, entre suspiros, entre pequeños balbuceos, entre besos apasionados; despacio, muy despacio…
Y así, despacio, entraba María, despierta, en el más deseable de sus sueños.

Nuestra amiga Sibila, nos remite este onírico y sensual artículo. GRACIAS.

24 de junio de 2011

El blog nuestro de cada día

Entre tanto abatimiento,
Cada día de trabajo
No me causa aburrimiento
Porque os leo y me relajo.

Recetas y fantasía,
Sentimientos y amoríos;
No os cortéis, amigos míos,
Todo aquí tiene su día.
Basta el atrevimiento
De escribir sin miramiento,
Sin censuras arbitrarias
Ni excusas estrafalarias
Que os frenen el pensamiento.

Tapioca, que es erotismo;
Teleco, mitología;
Gibran, que es pura ironía;
Y Beer y su surrealismo
(Hasta el maná, qué espantajo)
Nos distraen con su trabajo,
Y nos dan un alborozo
Semejante al que yo gozo
Cuando suena el contrabajo.

Sibila, nos remite este poema dedicado a nuestro espacio de encuentro, los Colaboradores, Seguidores y Lectores, sois el combustible que nos mueve. GRACIAS a todos y a tí especialmente Sibila.

17 de junio de 2011

No te quiero, anciano Jefe

Porque eres paternalista y ejerces tu poder combinando decisiones arbitrarias e inapelables con elementos sentimentales y concesiones graciosas.

Porque eres soberbio y sólo sientes satisfacción y envanecimiento por la contemplación de tus propios logros y virtudes con menosprecio del valor de tus semejantes.

Porque te falta humanidad y los que te sufrimos no necesitamos tecnócratas en la posición de influencia que da tu jefatura, sino un ser humano equilibrado, comprometido con quienes forman su equipo, y cuyo objetivo no sea acomodarse en su posición de poder sino construir organizaciones cohesionadas, con un sentido del trabajo compartido.

Porque eres anciano pero no lo pareces, y si la vejez es tiempo de despedidas y de recogida de frutos, de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia que ayuda a distinguir lo fugaz de lo que permanece y a despojarse de todo vano afán y de toda estúpida soberbia, a ti sin embargo sólo te luce de la vejez el rasgo de que te has hecho “ineducable”.

Porque mientes y no te preocupas sinceramente por tu gente, y antes o después se descubre tu farsa.

Por tu falta de humildad, que no te permite oír tanto lo bueno como lo malo y seguir siendo ecuánime.

Porque no motivas y estás sólo pendiente de ti y de tus medallas, sin involucrar a los que de ti dependen en los logros alcanzados, aunque sepas perfectamente que sin su trabajo no hubieran  sido posibles.

Porque no te preocupas de que se remunere a los tuyos con justicia y ecuanimidad, ni quieres a tu alrededor seres inteligentes sino simples lacayos.

Porque no promueves el error, que es la excelencia de la gestión lúcida, sino la mediocridad y el miedo.

Porque no te atreves, ni creas, ni te renuevas, ni aprendes, ni creces, ni escuchas.

Porque, en definitiva, no te preocupa más carrera profesional que la tuya, ni reconoces más méritos que los propios.

Porque no unes, sino divides, NO TE QUIERO, ANCIANO JEFE.

Nuestra Seguidora y Amiga Sibila, nos remite este artículo en el que vemos reflejados a tantos que fueron o son nuestros jefes... GRACIAS.

22 de mayo de 2011

Elijo ser Feliz

Existen multitud de disciplinas -la medicina, la psiquiatría o la psicología son tres ejemplos claros- que estudian las enfermedades o alteraciones del ser humano -bien se trate del cuerpo o de la mente-, pero curiosamente no existe una disciplina cuyo objeto de estudio sea la persona en su condición más saludable, es decir, en su normalidad o habitualidad.

Quizás por este motivo no sea de extrañar que los seres humanos nos sintamos muy solos, y poco aleccionados, en la tarea de encontrar el camino personal que nos ayude a ser más felices y optimistas en nuestra andadura cotidiana

No obstante, hay trucos que, sin lugar a dudas, contribuyen a lograrlo:

Un buen comienzo es convencerse de que el momento presente es el mejor de cuantos nos restan de vida, y, además y sobre todo, el único que tenemos la certeza de poseer. No sabemos a ciencia cierta qué nos deparará el mañana ni seremos jamás más jóvenes de lo que hoy somos; por lo tanto, y puesto que estamos sanos (si así no fuera, tendríamos que dejar intervenir esas otras disciplinas a que nos referíamos más arriba), es claro que la inteligencia práctica demanda aprovechar en lo posible el momento actual. Disfrutar hoy y ahora, sin postergar ni un segundo más esa ansiada felicidad, es la primera clave del éxito en esta peculiar empresa. La felicidad, por tanto, reside en vivir y disfrutar del momento presente.

A partir de aquí el truco está en ilusionarnos y crearnos una motivación. Cada uno en su línea. Porque dicen los expertos que la felicidad no se produce sólo en el instante en que conseguimos lograr aquello por lo que luchamos, sino también y principalmente en una fase anterior, es decir, en el proceso de preparación previa, de planificación, de imaginar lo que, con  nuestro esfuerzo y esa estrategia que estamos diseñando, conseguiremos mañana.

Acordémonos de nuestra infancia y de la llegada de los Reyes Magos: los mejores momentos los vivíamos en la esperanza ilusionada de su visita, en el proceso preparatorio de esa noche mágica, con la colocación del agua para los camellos y la disposición de nuestros zapatos, llenos de ilusión y fantasía, en el lugar adecuado en la confianza de que finalmente recibiríamos el juguete soñado. Lo que nos lleva a la conclusión de que la felicidad no es una meta, sino un trayecto.

Y es que, en definitiva, la felicidad nace de la existencia de motivos por los que levantarse cada mañana. Conseguir esa ilusión y mantenerla, hacer posible a diario esa esperanza viva en aquello que a cada uno le resulte especialmente atractivo o gratificante, disfrutar del proceso hasta conseguir aquello que nos estimula, y no diferir el placer exclusivamente al momento final o último de su consecución, es la única “estratagema” que la felicidad exige.

Y para esto contamos con dos armas importantes: 

Una, la certeza de que lo que la mente puede concebir también la mente lo puede alcanzar

En la vida no hay que ver las cosas para creerlas, sino que, justo al contrario, hay que creerlas para verlas. Y no será necesario, ni siquiera conveniente, una mayor inteligencia para lograr nuestro objetivo, porque, curiosamente, el éxito o el fracaso, dicen los entendidos, se alcanza no a golpes de racionalidad sino a golpes emocionales. Basta con procurar el predominio de los pensamientos positivos, alegres y entusiastas sobre los negativos o agoreros para alcanzar cotas cada vez más altas de felicidad. Porque, en definitiva, son nuestros pensamientos los que nos hacen felices o desgraciados, no nuestras circunstancias; tener pensamientos positivos es esencial en la “tarea” de ser feliz.

Dos, la conciencia de que sólo nosotros somos los responsables de nuestra felicidad o de nuestra desgracia (actitud).

Efectivamente las cosas que nos suceden no son, objetivamente consideradas, de ninguna manera predeterminada, sino única y exclusivamente del modo como las queramos tomar. 

De otra parte, aunque no tengamos control sobre aquello que nos sucede –aunque hay quien difiere y opina que sí, que lo tenemos, pero éste será otro tema de debate- sí que podemos controlar la forma en que permitimos que nos afecte. Si no tenemos poder alguno sobre lo que otros hacen, sí que poseemos un poder absoluto sobre nuestros pensamientos y emociones ante el actuar ajeno. Por este motivo no debemos responsabilizar a los demás, ya se trate del vecino, del destino, de la suerte o de la sociedad en general, de lo que nos ocurre; nosotros mismos somos los únicos responsables de la manera en que reaccionamos ante lo que nos pasa, y consiguientemente también de nuestra propia felicidad. Con nuestra actitud ante la vida decidimos la calidad de ésta última, así es que es claro que, por nuestro bien, no tenemos ni un minuto que perder para cambiar nuestro talante y transformar la manera de enfrentarnos al día a día y tomar así el control de nuestra existencia. 

Ser conscientes de la frase “no te tomes la vida en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella” de Elbert Hubbard, ayuda a relativizar y desdramatizar lo menos bueno del devenir diario, e incluso a perder el miedo de todo o casi todo.

Y es que ser feliz no es más que una elección.

Finalmente, contamos con la ventaja de que la felicidad se contagia: una sonrisa amable al vecino al salir de casa, un halago a la persona querida (o menos querida), un enfoque positivo de lo que nos ocurre, y tomar clara conciencia de que son muchísimo más numerosas las cosas por las que sonreír que aquellas otras que nos entristecen, y transmitirlo así a nuestros compañeros de viaje, será un buen “método de trabajo”.

Y contamos, para colmo, con la seguridad de que nuestra contribución en tal sentido nos será devuelta con creces, porque, como dice el refrán pero aplicándolo en positivo, “quien siembra vientos recoge tempestades”, o, lo que es lo mismo, la vida es como un eco: si no te gusta lo que recibes, ten cuidado con lo que emites.

Y teniendo ya el sustrato teórico para el logro de la felicidad, sólo nos queda ponerlo en práctica. 

No os deseo suerte porque estoy convencida –y empiezo yo misma, desde ya, a aplicarme el cuento- que no nos hará falta. 

Que paséis todos un magnífico día.

Nuestra Amiga y seguidora, Sibila, nos remite este artículo, todo un manual de cómo conseguir la felicidad. GRACIAS.
Aviso Importante: Blogger ha recuperado y publicado automáticamente, los comentarios perdidos en el artículo ¿No piensas hacer nada?; por lo que ya se pueden ver todos por su orden.  

24 de abril de 2011

Los mayores errores en la dirección de personas (2)

Seguimos con el extenso catálogo de errores en la dirección de personas que Acosta a recogido en su último libro:

El trabajo y el humor son incompatibles. Hay muchas personas que consideran que el trabajo es una maldición bíblica y, por tanto, el humor y la diversión están fuera de lugar. Sin embargo, y según recoge el libro "una investigación reciente ha revelado que los líderes más sobresalientes consiguen que su equipo estalle en carcajadas tres veces más que la media".

Pero no hay que confundir hacer reír o tener una relación cordial y distendida en el equipo de trabajo con hacer el payaso. El humor debe partir de reírse de uno mismo o de los fallos colectivos, nunca de los demás, recuerda el autor. Un ambiente distendido, no sólo hace que el grupo esté más motivado, sino que rinda mucho más.

Criticar a alguien para mejorar su comportamiento. Informes y expertos lo demuestran: Esta forma de actuar es un grave error que lo único que provoca es resentimiento. "Los fallos que pueda cometer un profesional, por supuesto que deben ser abordados, pero siempre en privado y señalando claramente los puntos de
mejora", dice Acosta. No cabe decir a alguien: "Este informe es un desastre", lo correcto es comentar: falta esto, falla aquello o le sobra esto otro.

La clave está en la crítica positiva: "Conseguirás mejores resultados si agradeces el resultado bien hecho y limitas las críticas a lo corregible".

Delegar es fácil. Cuando nos encontramos al frente de un departamento y un equipo es muy normal que nos veamos desbordados por las tareas. Llegado este momento sabemos que tenemos que delegar, y aquí llega el error: pensamos que ya sabemos y que sólo consiste en que otra persona realice una cuestión concreta. No obstante, es un arte tan complejo, tan difícil, que nunca se domina del todo.

"Delegar es guiar, seguir y motivar. No significa dejar que la otra persona se las apañe como pueda. Para delegar hay que dedicarle mucho tiempo a la persona que se ha elegido y eso no es perder el tiempo, al contrario, es invertirlo", insiste Acosta.

Implica analizar qué miembro del equipo está preparado para asumir cada tarea. "Vendérsela", hacer que quiera realizarla, no tanto como una obligación, sino como un desafío. Formarlo en lo preciso y asistirlo durante el proceso.

Solucionar problemas. Lo primero es clasificar el problema. Y un error en este punto puede suponer un contratiempo. Los problemas deben tratarse como posibilidades de mejora. Por eso, dice Acosta, una de las formas infalibles de detectar un mal jefe es cuando aparece un obstáculo, porque el superior busca un culpable, y no la oportunidad.

También hay que tener en cuenta que detectar un problema requiere su tiempo, porque no es una tarea sencilla; y por supuesto, necesita tratamientos distintos.

Tener miedo al error. Se trata de ver la equivocación desde otro prisma: mejora, oportunidad, aprendizaje e información. Un error es conocimiento. Y todos nos equivocamos. Los estudios demuestran que los líderes más sobresalientes se equivocan tres veces más que los mediocres. Porque arriesgan y porque han aprendido de los fallos cometidos.

Estar pendiente del correo. El mail ha modificado nuestro modo de trabajar, hasta incluso convertirlo en una esclavitud inventada. Por eso se debe evitar una serie de aspectos para que no genere dos principales problemas: interrupciones constantes y priorizar lo que no se debe. De este modo, es conveniente desactivar la opción de aviso de mensaje entrante y abrir el correo sólo cuando se esté dispuesto a contestar.

El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. De ahí, que estos errores se comentan a menudo y en numerosas ocasiones. 100 errores en la dirección de personas saca a la luz un centenar, pero seguro que conoce más.

EL LIBRO

Título: 100 errores en la dirección de personas

Autor: José María Acosta

Editorial: ESOIC

Precio: 15 euros

Con esta entrega, concluye esta instructiva serie. Esperemos que tenga repercusión en aquellos que trabajáis con Equipos Humanos. GRACIAS.

17 de abril de 2011

Los mayores errores en la dirección de personas (1)


Dirigir un equipo es muy complejo. Nadie nace sabiendo y lo peor es que se nos enseña poco y mal. Por eso hay determinados errores que cometemos una y otra vez. Entre los más habituales están dejarse llevar por el día a día, rodearnos de quien no nos haga sombra, ser demasiado competitivos, no saber delegar y sufrir de reunionitis. Aunque algunos parecen crónicos, se pueden curar.

Cuando una persona se incorpora a una empresa lo hace con la ilusión de aportar lo mejor de sí mismo, de poner en práctica todo lo que ha aprendido durante años de formación y con las ganas de aprender de los que ahora serán sus profesores: los jefes. Más a menudo de lo que quisiéramos, estas expectativas se ven truncadas por una realidad que nos muestra que no contamos mucho y que la forma de actuar de nuestros "maestros" deja mucho que desear.

José María Acosta, experto en formación y consultoría, dice que "debemos ser conscientes de que no hay expertos, sólo gente que sabe un poco más que nosotros". Esa es la actitud con la que debemos afrontar nuestra vida laboral, asimilando que todos cometemos errores y los directivos, por su posición y responsabilidad, más.

Acosta ha recogido en su último libro, Cien errores en la dirección de personas una amplia muestra de los fallos habituales. Muchos son viejos conocidos y he ahí lo grave: seguimos cometiéndolos.

El catálogo es muy extenso. Esta es una muestra:

Dejarse llevar por el día a día según Acosta somos más emocionales de lo que creemos y la mayoría de las veces actuamos de manera impulsiva. No nos damos cuenta de que nos influyen las interrupciones, las llamadas y cualquier otra causa que altera nuestra planificación. Para centrarnos en nuestra tarea, el autor propone moverse por objetivos. De este modo, uno se sentirá más motivado y realizado, y en línea con los valores de la compañía.

Elegir a colaboradores que no nos hagan sombra. Este es un error muy habitual y, sobre todo, de los jefes mediocres y faltos de seguridad. "Al principio tenemos que trabajar con el equipo que nos dan, pero cuando podemos elegir escogemos al que menos problemas nos cause, al que parece no tener muchas inquietudes o
al pelota", dice Acosta. En definitiva, la inseguridad en nuestras propias capacidades frena nuestro crecimiento profesional y el de nuestro departamento.

Competitividad. Desde pequeños nos han enseñado a competir, a ganar y esto nos puede llevar a ser despiadados solo por conseguir nuestros objetivos. Por ejemplo, en una negociación tratamos al otro como un rival, como un competidor al que tenemos que superar. En este punto, Acosta propone cambiar el término competir por colaborar; de este modo, el enemigo se transforma en socio, y todas las partes salen ganando.

La reunión debe durar el tiempo que haga falta. Si hay una costumbre absurda y que, sin embargo, se repite continuamente es en la que el convocante de una reunión afirma muy convencido y orgulloso que la reunión durará lo que haga falta. Para Acosta cualquier reunión no debería superar los 30 ó 45 minutos. A partir de ese tiempo está demostrado que se pierde la concentración. De hecho, una convocatoria con una duración más amplia significa simplemente mala organización.

La solución viene de mano de la planificación, la preparación y del respeto a los turnos de intervención. Con frecuencia se establece una discusión en la que todos los participantes empiezan a hablar a la vez o en grupitos, y cuyas aportaciones no sirven de nada hasta que por fin se vuelve a restablecer un turno de intervención.

EL LIBRO

Título: 100 errores en la dirección de personas

Autor: José María Acosta

Editorial: ESOIC

Precio: 15 euros

Nuestra Colaboradora SIBILA, nos remite este resumen de las ideas que José María Acosta refleja en su libro: 100 errores en la dirección de personas. Por su extensión, lo hemos partido en 2 entregas que publicaremos hoy domingo y el próximo día 24, también Domingo; Seguro que muchos veréis reflejado a vuestros jefes, quizás algún jefe lea esta serie de artículos y sea capaz de mejorar... GRACIAS.

6 de abril de 2011

El Silencio de los Borregos

He leído un artículo que me gustó muchísimo, de Rosa María Cobos Tejero, “El silencio de los borregos”. Me pareció tan certero que creo que todos los que pertenecemos a la función pública debiéramos leerlo, por eso os lo envío.

Sólo quisiera insistir en tres puntos, que encuentro esenciales:

El primero, que ya la autora defiende: En la vida, en general, tan importante es lo que hacemos como lo que dejamos de hacer y tan responsables somos de lo primero como de lo segundo.

El segundo, que es ya, entero, de mi propia cosecha: Los sindicatos debieran reflexionar seriamente sobre el sentimiento que se vierte en este tipo de colaboraciones, que reclaman, creo, su ayuda a voz en grito. Su pasividad es, si cabe, más culpable que la conducta censurable de cualquier político y que nuestra propia pasividad.

La tercera, y más importante, es en realidad un deseo: Ojalá que la próxima vez que utilicemos palabras para tratar de este tema sea también para convenir en conductas, no sólo en ideas.


“El silencio de los borregos”

Por Rosa María Cobos Tejero

Nos quejamos los funcionarios de la forma en que somos tratados por la jerarquía política en relación al trabajo que desarrollamos. Parece que nos gusta recrearnos en la crítica continua hacia aquellos que ostentan la responsabilidad político-administrativa, hasta el punto de considerarlos como los únicos responsables del malestar que, en un momento dado, pueda existir entre los empleados públicos.

Pero ¿es la clase política la única responsable?. ¿No debiéramos entonar los funcionarios el “mea culpa”?. Existen en la red múltiples espacios como éste dedicados al mundo en el que se desenvuelve la actividad funcionarial. En ellos se relatan situaciones en las que los funcionarios aparecemos como las víctimas de un sinfín de atropellos supuestamente ejercidos por la clase dirigente. Esto es una realidad, sin duda, y yo misma la he argumentado en este blog en algún que otro post. Pero me pregunto si nosotros, los empleados públicos, estamos ayudando también a que cada vez se produzcan con más frecuencia este tipo de situaciones. El día a día en la Administración me ha hecho concluir en que tal vez tengamos parte de culpa.

Dice el refrán que “el que calla, otorga”. Si se produce una irregularidad y miramos hacia otro lado estamos, sin quererlo, fomentando este tipo de prácticas. ¿Pero por qué volvemos la cabeza ante un atropello laboral?, me pregunto, y creo que son dos motivos los que nos alientan por dentro:

• El miedo, como el peor de los enemigos del empleado público. Todos sentimos un terror visceral a ser señalados si alzamos demasiado la voz; no queremos tampoco ser objeto de posibles represalias o, en otras palabras, ser víctimas de violencia institucional.

• Y la esperanza. La esperanza de recibir la dádiva del político y su generosidad. Una generosidad que suele traducirse en un puesto de mayor categoría y mejor remunerado sin tener que pasar por el calvario que supone prepararse una oposición. La esperanza del funcionario es una de las mejores armas de un político para mantener a raya a los más reivindicativos.

Nos estamos acostumbrando a recibir más que a producir. La creatividad y aportación de nuevas ideas está perdiendo protagonismo y dejando paso a la apatía y a la pasividad. A nosotros mismos nos interesa ser unos funcionarios disciplinados y poco creativos para ser, al cabo de un tiempo, unos funcionarios agradecidos.

Por eso creo que somos, en conjunto, culpables. Culpables por no pedir cuentas a la autoridad, por agachar la cabeza creyendo que si estamos calladitos tal vez, algún día, seremos premiados. Nuestro conformismo permite que determinadas situaciones indeseables y de desigualdad sigan creciendo. Nuestra pasividad ante supuestas causas irregulares permite que éstas se conviertan en el reflejo de una actividad normal. Igualmente, una actitud receptiva por nuestra parte (aceptar cierto tipo de prebendas) alienta a otros a actuar de igual manera.

La moral del funcionario público se viene abajo. La situación económica y social que nos envuelve, este ambiente enrarecido, está acabando con la disciplina y el sentido del deber hacia lo público. Y una de las peores consecuencias de lo anterior es que los funcionarios que realmente se consideran servidores públicos pueden llegar a convertirse en una especie en extinción, mientras aumentan aquellos que creen que el puesto público es un precioso lugar en el que “hacer su agosto” particular.

A la función pública deben llegar los mejores, o mejor dicho, las mejores personas, porque el expediente académico y profesional, aunque importante, no es suficiente para demostrar una formación en valores. Y me da la impresión de que, en algunas Administraciones, esto no está pasando: las mejores personas se quedan en la cuneta.

Nos olvidamos los funcionarios, con demasiada frecuencia, de esos magníficos artículos 53, 54 y 55.1 del Estatuto Básico del Empleado Público. Nos olvidamos de que debemos ser nosotros, y no otros, los principales guardianes de esos maravillosos principios que rigen el acceso y desempeño de la función pública. La observancia absoluta de esa imparcialidad y transparencia que, en teoría, debe conducir el quehacer diario de un servidor público es la que permite, a la larga, que determinadas prácticas adulteradas desaparezcan progresivamente. Aunque, claro, esta actitud alerta para no vernos involucrados en situaciones que pudieran arriesgar nuestra objetividad, es tan sólo el último eslabón de una cadena porque para llegar a éste debemos, en primer lugar, aprender a respetarnos a nosotros mismos y, en segundo lugar, aprender también a respetar a los demás.

Una Seguidora que firma como SIBILA, nos remite este artículo de Rosa María Cobos Tejero. En efecto el artículo es certero, pero la introducción de nuestra amiga SIBILA, que hemos mantenido integra, es por sí sola una declaración de principios. GRACIAS.