
Yo siempre había creído que las pelirrojas eran más propensas a tener pecas, por lo que dicen los más ilustrados dermatólogos de que la piel no produce suficiente melanina o bien por un componente hereditario.
Al conocerte pensé que tú eras la excepción de todas las reglas. Tu mirada de ángel, tu cara de pícara y tu pelo color de turmalina y azabache me dejaron desconcertado. Hablabas y hablabas, mientras yo me perdía en la autopista infinita de tus pecas.
Me decías, cuando te pregunté, que cada peca era por un hombre que te había herido, emulando al sheriff del antiguo Oeste Americano, que en la culata de su revólver marcaba una muesca por cada bandido abatido.
A lo largo de nuestra primera y última conversación, observé como tus vivos y radiantes ojos comenzaron a mirarme de una forma audaz; mi imaginación comenzó rápidamente a funcionar.
Pensé que sería afortunado si pudiera empequeñecer y viajar hasta convertirme en una minúscula peca de tu preciosa faz. Sin escuchar lo que comentabas, me concentré en tu rostro buscando donde sería más conveniente posicionarme: en la comisura de tus labios color amapola, quizás en tus pómulos rosados, tal vez en tu nariz piramidal o cerca de tus ojos para que tus pestañas de mariposa me columpiaran con su movimiento al parpadear.
Lo decidí, yo sería una peca aventurera y así podría recorrer tu cuerpo pasando desapercibido para al final posarme en el lugar más apetecible donde por siempre descansaría para formar parte de ti.
Desperté de mi ensoñación con una melodía de Sergio Dalma que decía que él era un italiano; maldito móvil: “Hola cariño. Sí, de acuerdo. Tardo un minuto”.
Te levantaste y con un “me ha encantado conocerte, hasta luego” desapareciste de mi vida.
Hoy, recordando la cara de memo que puse, me he animado a escribir sobre esa mujer pecosa que un día conocí y que dejó una huella en mí, quizás la peca que al poco tiempo, como por arte de magia, surgió en mi piel.















